Ahora que no estás

Papá

José Antonio Moreno Martín. Papá: te echo rabiosa y dolorosamente de menos. Y no es que no haya tenido tiempo para prepararme para tu ausencia, es simplemente que soy incapaz de rehacer los mapas con los que he guiado mi vida y en los que tú, siempre, has sido ese puerto en el que tarde o temprano acababa recalando, y el único lugar de mi universo al que podía llamar casa, hogar, patria.
Ahora ya no puedo regresar a ti, no de una forma material y concreta y palpable, porque ahora vives en mi memoria. Ahora, que ya no estás, igual ha llegado el momento de decirte algunas cosas.

Forma de ser

Tú ya sabes, cómo no vas a saber, de esa forma mía de ser. Sabes que me guardo los sentimientos bajo siete candados cuya llave perdí mucho antes de que algún día tuviera la necesidad de ir a buscarla. A pesar de eso, a pesar de que durante gran parte de nuestra vida el afecto se comunicaba disimulado bajo pequeños gestos, hace ya algún tiempo que conseguí decirte abiertamente que te amaba. “Te quiero, papá”, te he dicho muchas veces, y cada vez más claro en los últimos años. Pero quizá no te dije exactamente lo que quería decir. No todos los “te quiero” son iguales.
Hemos compartido juntos casi medio siglo de vida. Cuando llegué a la tuya tú eras un joven pletórico, exultante de vida. Habías nacido 26 años atrás en una Alcalá de Guadaira que aún aguantaba la respiración, con miedo, tras la Guerra Civil. Pero tú no sabías nada de eso. La tuya fue una infancia libre y rebelde, feliz. Tu madre, mi abuela, trabajaba en uno de tantos almacenes de aceitunas, y eso te daba vía libre para campar a tus anchas por las calles de nuestro pueblo. Casi te cuesta la vida cuando te arreguinchaste a uno de los pocos coches que había en Alcalá en aquella época (el del notario, creo) y, pasado el puente con dirección a Utrera, te caíste hacia atrás. Casi mueres aquella vez, pero tú lo único que contabas era que se te había quedado el cráneo blando como una breva. Y te reías.

Guadaira

También te colabas el el tren de los panaderos en dirección a Mairena, para visitar a tu abuelo el picapedrero, que trabajaba en una cantera por allá. O te escapabas al río para bañarte con tus amigos… aunque esto último no te salió tan bien. Avisada un día tu madre por unas vecinas, te sorprendió en las riberas del Guadaira y te dio tal cantidad de alpargatazos que no volviste a aparecer por allí. Ni aprendiste a nadar. Nunca aprendiste a nadar.
A mediados de la década de los 50 tú ya eras un hombrecito alto, desgarbado y encantador. A ti te hubiera gustado estudiar medicina, era tu gran sueño, pero la realidad material de nuestra familia te impuso otro destino. Abandonaste los Salesianos antes de comenzar el Bachiller, y comenzaste a trabajar con apenas 14 años.
Previamente habías seguido un curso de contabilidad por correspondencia en CEAC. Eso te permitió entrar como aprendiz en el taller de Juan Alarcón.
Trabajabas incansablemente porque tenías que sustentar a tu familia. La abuela ganaba poco en el almacén de aceitunas, y el abuelo, devastado por el alcohol, aún menos en los trabajos ocasionales que le iban saliendo. Así que, con dos hermanos pequeños (Consuelo, nueve años menor, y Javier, un recién nacido en la época, catorce años más joven que tú), te echaste a la espalda la responsabilidad de sacar esa casa adelante.
Para ti era un orgullo entregar el salario a tu madre. Para ti era la pura felicidad poder comprarles la primera televisión que tuvieron. Y para ti el trabajo era también, además de una responsabilidad, un espacio donde crecer, donde seguir aprendiendo y también donde divertirte.

Trastadas

Aún sigues sin explicarte cómo no te despidió Juan Alarcón de tantas trastadas como hiciste. Como aquella vez que, intentando aprender a conducir, empotraste un seiscientos contra una columna y, de los nervios, acelerabas aún más, al punto de casi derribar por completo la nave. O esa otra que, trasteando con unos cables y una navaja (ni te acuerdas para qué) casi te matas electrocutado, y provocaste un apagón en el taller.
Pero bueno, me dejo de historias porque, al final, la gran historia de tu vida ha sido, hasta el final, tu mujer, mi madre. “Mi Águila”, como decías con todo el amor del mundo rebosando de tus palabras. Con ella has estado hasta el final, en una historia de amor tan enorme que muchas veces en mi vida me ha resultado difícil de comprender. De tan hermosa.

Amor

Y vuelvo por donde empecé. A mi me gustaría quererte sólo la mitad de bien que nos amaste. Bien que sé de las noches sin dormir por mi culpa, pero nunca hubo una mala palabra por tu parte. Me quisiste libre y me apoyaste, sin niguna queja, aunque te hiciera daño. Tan buena persona, que siempre me he sentido indigno a tu lado (seguro que me hubieras regañado al oír esto). Por eso, ahora que no estás, te digo más fuerte que nunca: “te quiero, papá”. Siempre.

No me canso de decir “te quiero”

Mi primer cumpleañosNo hay nada peor que estar lejos cuando te necesitan. No hay nada peor que estar lejos cuando me necesitas, papá. Hace más de un año que supimos que estabas muy enfermo. Más de un año en el que te he visto cada vez que he podido, que siempre ha sido demasiado poco.

Mamá y hermana han estado ahí, a tu lado, cuidándote, haciendo lo posible y lo imposible para que el devastador efecto de la quimioterapia te fuera lo más llevadero posible. Vigilando tu dieta, tu medicación, pero, sobre todo, estando a tu lado.

Yo, a 10.000 kilómetros, siento que te he fallado. El mes pasado todo empeoró. Quién sabe si por el tratamiento, por tu enfermedad o porque sí, se quebró una de tus caderas. Yo volé en cuanto lo supe hasta Sevilla, fui directo al hospital de Valme, donde mamá llevaba ni se sabe cuánto tiempo a tu lado, sin dormir.

Las noches

Pedí las noches para mi. Todas las noches en el hospital las pasé contigo, obligué a mamá a retirarse a casa, aunque sé que ella no tiene otro lugar que no sea a tu lado. Casi te nos vas. La operación de la cadera salió aparentemente “bien”, pero no se dieron cuenta de que te habían dejado perforada una arteria. Te estabas desangrado por dentro, y pese a nuestras reiteradas llamadas de ayuda al equipo médico, no te hicieron caso durante todo el fin de semana. Solo el lunes repararon en su “error”.

Pero bueno, la pasamos. Eres fuerte. Poco a poco recuperaste la consciencia. No sabes qué hermoso es oír tu voz. Pero también lo es velar tu sueño, en silencio. Fueron horas en que la memoria, mientras mi vista reposaba en tu cuerpo debilitado, se disparaba frenética hacia recuerdos que ni sospechaba que aún estaban ahí. Recordé esos domingos, todos los domingos durante años en nuestras vidas, que íbamos en familia a la Dehesa de Bulnes. Dejábamos el auto a la sombra de alguna buena encina, el abuelo preparaba el fuego y demás nos dispersábamos por los cerros de la Dehesa a la busca de espárragos. Al principio yo iba contigo, me enseñabas con tu mirada a saber dónde tenía que mirar.

Recuerdos

Recordé un viaje a Galicia que, en aquella época, yo tenía 9 años, fue toda una aventura para mi. Tres maravillosos días en el R6. Recordé la primera vez que fuimos a la que después fue tu segunda casa, Conil. Recordé cosas mucho más antiguas, como los paseos por el parque de Maria Luisa, y sí, recordé, aunque creo que era demasiado pequeño para recordar, mis primeros años en la calle Nueva. Sí, como en la foto. Tú tenías 27 años en mi primer cumpleaños, y aunque no puedo recordar tan lejos, sí que tengo en la memoria a ese joven de mirada bondadosa y sonrisa de felicidad. Mi papá.

Pero bueno, el mes pasó. Finalmente te dieron el alta. Tu vuelta a casa ya no fue como antes. Tuvimos que colocar una cama adaptada en la sala. Contratamos a una enfermera para que te ayudara a volver a ponerte en pie. Lo hiciste, conseguiste incorporarte sobre tu propio peso. Pero siempre por poco tiempo. Estás muy enfermo, muy débil, y yo siento de nuevo que te he vuelto a fallar. Me tuve que regresar. 10.000 kilómetros nos separan de nuevo.

Pero en todo este tiempo sí hubo una cosa que no me cansé de decir: “te quiero”. Te lo dije todos los días a todas horas, porque sé que a lo largo de mi vida no te lo había dicho lo suficiente. Pero ya no. Ya no juego a los sobreentendidos. Ya no me canso de decir “te quiero”.