Un nuevo comienzo

Porque no hay mal que cien años dure

Latinoamérica
Nunca podré estar suficientemente agradecido a los amigos que me apoyaron. Iñaki, que para mí fue fundamental, ya ha cumplido su sueño de ir a Brasil. Allí está, buscándose aún la vida, pero estoy seguro de que le va a ir maravillosamente.

Yo no le acompañé. He estado todo este tiempo participando en pequeños proyectos, asesorando a empresas españolas que se plantean su internacionalización, pero también he dedicado bastante tiempo a mi familia. Ha sido reparador.

Posibilidades

Poco a poco se han ido abriendo posibilidades. Y la última, gracias a mi amiga Marta, es la que finalmente me ofrece una alternativa razonable. Marta se cambia como directora comercial a una empresa tecnológica pequeña, pero muy interesada en expandirse por EEUU y Latinoamérica. No es la empresa perfecta, tiene demasiada concentración en un único cliente y es poco el valor añadido que ofrece.

Pero la buena noticia es que son conscientes de ello, y han apostado fuerte por la internacionalización y por la diversificación. Y -aquí lo interesante para mí- Marta me lleva con ella, como director de negocio internacional.

Mi responsabilidad a partir de ahora será la implantación paulatina de la empresa en el continente americano. En estos momentos es una solución ideal para mi, me permite radicar en Madrid… pero no depender del mercado español, que sigue decididamente jodido.

Es un comienzo. Un nuevo comienzo.

 

Tocar fondo

De cómo seguir adelante a pesar de todo

estación de atocha
Reconozco que he pasado (estoy pasando) muy malos días. He tocado fondo. Se fue a la mierda mi vida en Brasil, perdí mi trabajo, me encontré de repente solo, sin casa, sin dinero y perdido en las calles de Madrid. Pero lo peor era que no sabía qué hacer, ahora que todo mi esfuerzo se había desvanecido. No tenía más objetivo que sobrevivir.

Es fácil, en estas circunstancias, caer en la autocompasión. Y a pesar de que intenté evitarla, inevitablemente caí en ella, sobre todo en los primeros días. Por ejemplo este tweet:

Yo estaba hundido, perdido, y hubiera agradecido a la gente a la que quiero que me hubiese arropado mejor. No me refiero a ayuda económica (que tampoco me hubiera venido mal), sino a cariño, a consuelo, a sentirme arropado. Lo cierto es que yo tampoco lo pedí, siempre he sido así de ridículo. Y más ridículo aún el día siguiente. Al ver que nadie se daba por aludido (y bien que hicieron 🙂 ), publico lo siguiente:

Lo cierto es que en estos días difíciles he tenido el apoyo enorme de amigos a los que les estaré eternamente agradecido. Muy especialmente José Luis Moraga, al que pese a hacer más de una década que apenas nos vemos, se prestó el primero, sin duda y sin reservas, a apoyarme en todo. Gracias a él sobreviví económicamente en los primeros días, lo más difíciles. Y, cómo no, Iñaki García.

Su apoyo es hiperbólicamente meritorio por cuanto también está pasando por una etapa difícil. Magnífico profesional como es, la crisis le pasó factura y no encuentra desde hace algún tiempo un trabajo decente en España. De hecho, está preparando todo para irse -paradojas de la vida- a Brasil. Pues bien, a pesar de ello me acogió en su casa, cerca de la estación de Atocha, y me apoyó económica y, sobre todo, anímicamente.

Planes

Los primeros días, los más difíciles, me dedicaba a deambular, como el sintecho que casi era, por la estación de Atocha. Pasaba las horas mirando a los transeúntes, a los pasajeros que llegaban y marchaban, a las empleadas domésticas ucranianas que se congregaban aquí en sus días libres… No puedo decir que dedicaba el tiempo a pensar en mi futuro, porque la sensación de irrealidad era tremenda, estaba como ido.

Poco a poco, con ayuda de mi familia y sobre todo del entusiasta Iñaki, fui saliendo de mi mórbida ensoñación. Los días pasaban y necesitaba hacer algo con mi vida, así que comencé a buscar trabajo en serio. Sabía que era muy difícil en la situación que atraviesa España, pero en mis circunstancias no había excusa posible. Iñaki lo tenía todo preparado para ir a Brasil a principios del año próximo, y me incluía en sus planes. Una vez solucionado mi «problema administrativo», podíamos viajar juntos a São Paulo y rehacer nuestras vidas allá.

La verdad es que a mí la idea de volver a Brasil me da sarpullidos, pero no lo descarto. No puedo descartar nada. Mientras tanto, la vuelta a la actividad me permite poco a poco involucrarme en pequeños proyectos acá y allá. Poca cosa de momento, pero me permiten ir tirando adelante económicamente.

No sé aún dónde acabará todo esto. Si en España, si en Brasil o si en la Conchinchina. Me da igual. Pero ahora sé que saldré adelante.

Y como consecuencia… despedido

Breve relación de cómo todo puede ir a peor

despedido
Estos días desde que me deportaron han sido un caos, una sucesión de malas noticias seguidas de otras peores. Una vez resolví, temporalmente, dónde alojarme en Madrid, me presenté en las oficinas de mi empresa. El dueño se hizo el sorprendido, decía no explicarse cómo podía haber sucedido todo. Me preguntaba una y otra vez si no había posibilidades de que yo volviera a Brasil. Me dijo que, mientras se resolvía la situación, podría seguir trabajando desde España.

Mientras tanto, envió a Brasil a otro empleado a hacerse cargo de la situación. Yo aproveché para pedirle el favor de que me trajese mis pertenencias de vuelta. A estas alturas era lo único que podría esperar.

Las cosas se produjeron tal y como yo me temía. Las buenas palabras iniciales pronto quedaron en nada. Para empezar, no me pagaban. No me habían pagado julio, y agosto mucho me temía que iba a seguir el mismo camino. Para continuar, mi presencia en las oficinas de Madrid comenzaba a ser vista cada vez con mayor molestia. Me dijeron que no hacía falta que pasara más por allí hasta que no se resolviera todo.

Pero yo iba. Todos los días. Sabía lo que se estaba gestando. Ahora que no podía volver a Brasil, ya no les servía de nada. Me iban a dar la patada en el culo, la única duda era cuándo.

Maletas y puerta

Y el cuándo fue a la vuelta del empleado que envió a Brasil. Lo vi entrar con mis maletas, cosa que agradecí en el alma porque sabía que era lo único que iba a sacar en claro de allí. Inmediatamente, el dueño de la empresa me llamó a su despacho. Había ensayado muy bien, estaba rojo de ira. Me acusó de todo lo imaginable, prácticamente de haber conspirado para conseguir mi deportación de Brasil con el objetivo de perjudicar a la empresa. Me dijo que todo había sido una lamentable pérdida de tiempo y dinero.

Yo estaba aparentemente tranquilo, aunque por dentro me llevasen los demonios. No iba a gastar saliva con él, ya nos veríamos en los juzgados porque, con independencia de que no tuviésemos un contrato firmado, yo tenía innumerables pruebas que acreditaban la relación laboral. Todo lo que estaba pasando era un teatro premeditado, era una forma de justificar una decisión que moralmente era del todo injustificable.

Lo único que dije fue: «¿Me vas a pagar los dos meses que me debes?». «Llámame la semana que viene», me dijo, y ahí se acabó todo. Cargué mis maletas y me fui, cabizbajo, sabiendo que la semana que viene ni nunca, que sólo ante los tribunales.

Mientras, tenía cosas más importantes en qué pensar. Qué coño hacer con mi vida, por ejemplo.

Deportado

El triste final de mi aventura brasileña

Deportado

Espaço conector de Guarulhos

Estoy sentado en un café del aeropuerto de Barajas. Un vuelo de Alitalia me ha traído de vuelta (con escala en Roma) desde el aeropuerto de Guarulhos, en São Paulo. No puedo decir desde Brasil, porque no me han dejado pasar el control de pasaportes. Me han deportado, como para abreviar le estoy diciendo a familiares y amigos, aunque técnicamente «lo único» que ha sucedido es que no me han dejado entrar al país nuevamente.

No puedo describir muy bien cómo me siento. Es una sensación extraña. Como si no me estuviera pasando a mi. Algo así como noqueado, sin capacidad de reaccionar. Hace ya dos días que salí desde Barajas con rumbo a Brasil, y es verdad que con cierta inquietud.

Permiso de trabajo

Como ya comenté en un artículo anterior, mi situación en Brasil era irregular. Yo había entrado como turista, lo que me permitía permanecer un máximo de 6 meses al año dentro del país. Mi empresa era consciente, y de hecho para eso fue el viaje programado a Madrid. Me habían prometido, desde el principio, que se gestionaría el «visto de trabalho» que me permitiría trabajar legalmente en Brasil.

El dueño de la empresa me dijo que estuviese tranquilo, que todo estaba controlado. Me citó un día antes de mi vuelo de vuelta a Brasil, el 10 de agosto, y me entregó un papel con membrete de la empresa y firmado por él. Era una mierda. Eso no valía para nada, y así se lo dije. Se limitaba a declarar que yo me encontraba de viaje de negocios, con lo que, según él, ya no me aplicarían los límites del visado para turista.

Insistió tanto en que lo había revisado con sus abogados brasileños, que al final desistí de discutir. Pero eso no rebajó ni un ápice mi inquietud. Al día siguiente embarqué hacia São Paulo, como cordero degollado.

Interditado

El avión llegó a eso de las 5 de la mañana. La misma rutina de siempre hasta llegar al control de pasaportes. Allí, una funcionaria somnolienta introdujo mis datos en el ordenador. Tardaba demasiado para lo habitual. Finalmente, sin decirme ni media palabra, se levantó de su asiento y me dejó esperando, temiéndome ya lo peor.

Tras unos minutos que se me hicieron interminables, apareció la funcionaria acompañada de un policía. Me pidió que me apartara de la fila. El policía, secamente, me comunica que no puedo ingresar en el país, que tengo que acompañarle. Intento dialogar con él, le muestro nuevamente el papel que me había dado mi empresa. «Você está interditado «, fue toda su respuesta.

Espaço conector

Todo era como un mal sueño. El policía me dejó en el llamado «espaço conector», un área dentro del aeropuerto de Guarulhos donde las personas que no son aceptadas en el país esperan a que su compañía aérea las devuelva a su país de origen. Como se ve en la foto que encabeza este artículo, es una sala desangelada, donde no hay teléfono, ni conexión a internet, ni dónde comer o tomar un café… donde no se puede hacer nada más que esperar. Yo era el único europeo que esperaba, junto a grupos de angoleños y coreanos. Lo que más me angustiaba era no poder comunicar ni a mi pareja ni a mi familia en España la situación en la que me encontraba.

Afortunadamente, dentro de lo malo, la situación en mi caso se resolvió pronto. A las 3 de la tarde me devolverían a España (vía Roma) en el vuelo de Alitalia (la compañía aérea es siempre responsable de la repatriación en estos casos). Camino del embarque pude conectarme fugazamente a una red wi-fi que me permitió enviar un email a mi pareja. Le pedía que anulase su viaje previsto a São Paulo para reunirnos y que avisara a mi familia.

Y ahora qué

Ahora, dos días después de mi partida, estoy de vuelta en España, en una cafetería del aeropuerto de Barajas. He llamado a mi familia y a amigos, he pedido socorro porque estoy aquí, sin casa, sin nada… todo lo poco que tengo se quedó en Brasil. No sé qué voy a hacer a partir de ahora. Sólo me apetece tomar un baño y dormir, y a estas horas ni siquiera sé dónde podré hacerlo.

Comida de homem branco é coisa boa

De cómo, gracias a mi, las tribus del Amazonas probaron la tortilla de patatas

tortilla de patatas

La tortilla de patatas es el manjar más sencillo de elaborar que se pueda imaginar. Sólo cinco ingredientes: patatas, cebolla, huevos, aceite de oliva y sal, consiguen un milagro para el paladar que, no obstante, y a pesar de su exquisita sencillez, no se conoce en lugar ninguno fuera de España.

Durante mi reciente estancia en Rondônia, en casa de mi pareja, me ofrecí a hacer una. A condición, eso sí, de que el aceite empleado fuera de oliva, que con cualquier otro sería pecado. Yo sé que les extrañó sobremanera, puesto que en esta región amazónica el aceite de oliva es un lujo que se reserva para contadas ocasiones. Indescriptible la cara de mi suegra cuando vio cómo llenaba la sartén con aceite de oliva para freír las patatas.

El aceite, como digo, fue de oliva y abundante. Lo llevé a estar suficientemente caliente como para evitar que las patatas se cocieran. Y la cebolla la eché a la sartén cuando las patatas estaban casi fritas. Poco después retiré la sartén del fuego, y revolví las patatas fritas con el huevo batido dentro de un bol.

Eché la mezcla en la sartén y la pasé unos dos minutos por cada lado. El resultado fue apoteósico, les gustó tanto que no me quedó más remedio que repetir varias veces a lo largo de esos días. Ya a nadie le importaba el «desperdicio» de aceite de oliva.

En la selva

Mi cuñada me pidió la receta. Yo se la repetí varias veces, con detalle. El caso es que mi cuñada trabaja en la FUNAI (Fundación Nacional del Indio) como auxiliar dental. Cada mes, pasa 15 días en la selva, cuidando de la salud dental de las tribus indígenas (unas 70 en Rondônia). Pero claro, no todo va a ser trabajar. También comparten momentos de ocio y, de vez en cuando, preparan comidas que comparten entre el equipo de la FUNAI y los integrantes de las tribus.

Ayer me llamó muerta de risa. Había vuelto de uno de sus periodos en la selva. Y les había dicho a los indios que les haría una comida muy especial: tortilla de patatas («tortilha de batata», como lo pronuncia ella). Según me contó, les había entusiasmado, pedían más y más.

Al terminar, se le acercó el jefe de la tribu y, muy serio, muy digno, le dijo: «Comida de homem branco é coisa boa».

Crece la inmigración ilegal de españoles en Brasil

emigrantesHasta hace no mucho, la policía española rechazaba diariamente, de media, la entrada de 20 brasileños en España. Tal como llegaban al aeropuerto de Barajas, los devolvían a su país. En la época de la «burbuja inmobiliaria» pocos podíamos imaginar hasta qué punto, en poco tiempo, se podrían voltear las tornas. Desde que vivo en São Paulo he conocido ya a decenas de españoles (arquitectos, ingenieros, publicistas… todos titulados) que residen ilegalmente en este país.

En los últimos dos años unos 100.000 jóvenes han abandonado España huyendo de la crisis, y Brasil se ha convertido en uno de los principales destinos. La buena marcha de la economía, los sueldos elevados y la percepción positiva que se tiene de esta país han contribuido a reforzar la tendencia. No obstante, la residencia legal en este país requiere unos requisitos similares a los que se les solicita a los extranjeros en España. Sin «visto de trabalho» no hay posibilidad de legalizar la estancia, y sin ello los trabajos a los que se puede optar no son muchos, ni muy cualificados, ni bien pagados.

No hay datos sobre cuántos españoles pueden residir «clandestinamente» en Brasil. Lo que sí es cierto es que en el último año los «visitantes» españoles han subido en un 15%. De momento, la política oficial no se inclina, como sí pasa en Europa, por las deportaciones. El que entra en el país, en el país se queda si quiere… al menos de momento.

Sí es cierto que percibo en mi entorno social y laboral un creciente recelo hacia los extranjeros. «Vienen a quitarnos el trabajo», se oye, exactamente igual que se oía en España hace no tanto. Yo no puedo evitar sentirme aludido, y más sabiendo que, de momento, soy uno de esos ilegales. Mi situación es transitoria, tengo pactado con mi empresa regularizar mi estancia aquí en los próximos meses.

Pero acojona.

 

São Paulo

De la selva a la megápolis

Sao Paulo
Ya se terminaron las vacaciones, y con ello un nuevo cambio de rumbo en mi vida. Me surgió la oportunidad de cambiar la plácida vida selvática por un puesto de «Country Manager» de una empresa tecnológica española… en São Paulo. El cambio no puede ser más drástico. Es el mismo país, pero son dos mundos distintos.

São Paulo es una megápolis en cuyo aŕea metropolitana viven más de 20 millones de personas. Es una ciudad caótica, sucia, ruidosa y extremadamente peligrosa, pero a la vez es el corazón económico de sudamérica. Todo el que quiera hacer negocios en este país, en este continente, tiene que establecerse en esta ciudad.

No sé qué tal me irá, estoy lleno de incertidumbres, pero también de esperanzas. Todo el mundo me dice que hacer negocios en este país, en esta ciudad, es extremadamente complicado. Tampoco tengo muchos contactos que digamos. Pero sí toda la voluntad del mundo de salir adelante.

«O indio do buraco»: el hombre más solitario de la Tierra

O indio do buraco

Única foto existente del «Indio do Buraco»

Vivo ahora en una de las regiones más apartadas del planeta. Rondônia sólo es uno de los estados federados de Brasil desde 1981, y su colonización real es muy reciente. Hasta el siglo XIX apenas algunos misioneros y avanzadas militares se asentaron en la región, y fue la fiebre del caucho la que alentó una mayor penetración que, no obstante, se reducía básicamente a las vías fluviales navegables del río Madeira y otros afluentes del Amazonas.

En cambio, a partir de la década de los 70 del siglo pasado, se comenzó a desmotar la selva y construir una carretera federal que abrió paso a una avalancha de nuevos pobladores. Rôndonia sigue siendo, aún hoy, una enorme cantidad de selva atravesada por la herida que le infligió la carretera  BR-364 (que no fue asfaltada hasta 1983). A sus alrededor se fueron estableciendo pequeñas ciudades que hoy albergan, en una superficie similar a la de Rumanía, aproximadamente 1,6 millones de habitantes. El resto, selva, y en la selva, cerca de 70 pueblos indígenas diferentes.

BR-364

El impacto de la BR-364 fue, no obstante, brutal. Miles y miles de hectáreas a su alrededor fueron deforestadas, tanto para la explotación maderera como para la instalación de fazendas dedicadas principalmente al ganado bovino. Hoy en día Rondônia es una potencia ganadera (hay 11 millones de cabezas de ganado, diez veces más que población humana).

Los fazenderos comenzaron a apropiarse cada vez más y más de tierras indígenas, con métodos directos y brutales. Si los indios no se avenían a irse, simplemente los «cazaban». La política del gobierno brasileño, coordinada por la FUNAI (Fundación Nacional del Indio) era la de localizar, contactar y, en la medida de lo posible, delimitar territorios exclusivos para las poblaciones indígenas. Pero claro, esto para los fazenderos era un problema que resolvían, en demasiadas ocasiones, expulsando y/o matando a los indios antes de que la FUNAI pudiera intervenir.

O indio do buraco

En este contexto, la FUNAI tuvo noticias en 1996 de un indio que vivía absolutamente solo en las cercanías de la Terra Indigena Tanaru. Diversos intentos de contactar con él fueron infructuosos, e incluso en una ocasión un funcionario de la FUNAI llegó a recibir un flechazo. No eran bienvenidos. No fue hasta 1997 que establecieron contacto visual, pero finalmente decidieron establecer unos 30 kilómetros cuadrados de exclusión para que pudiera seguir su vida sin interferencias que, a la vista está, no deseaba.

Durante años se fueron teniendo noticias indirectas de él. Se hallaron algunas de las chozas que habitó, y en todas ellas una característica peculiar: un hoyo de unos 3 metros de profundidad. De ahí su apodo, «el indio del hoyo», «o indio do buraco». Por lo que pudieron ir reconstruyendo a partir de indicios, llegaron a la conclusión de que toda su tribu había sido masacrada en la década de los 90, por madereros o fazenderos.

Sólo sobrevivió él, y absolutamente nada más se sabe. Este hombre, de unos 50 años de edad, es el último representante de su etnia y el último hablante de su lengua. Es el hombre más solitario del mundo.

Objetivo cumplido: por fin en Brasil

ji-parana

Vista aérea de Ji-Paraná

Escribo esto tumbado en una hamaca en el porche de mi casa -de la casa de mi pareja- en Ji-Paraná, Rondônia. La búsqueda ha llegado a su fin. Han sido meses intensos de envío de currículos, de entrevistas, de buscar hasta debajo de las piedras la más mínima oportunidad para conseguir moverme a Brasil. El viaje tampoco ha sido trivial: Madrid-Lisboa-Brasilia-Porto Velho, y después 6 horas en autobús desde Porto Velho hasta Ji-Paraná. Estoy en la selva, señores.

Al final la solución ha sido, como casi siempre, de lo más tradicional. Trabajo actualmente en una multinacional francesa, en la que me encargo fundamentalmente de gestionar proyectos de tecnología y, sobre todo, tareas de preventa. Me quemo las cejas estudiando RFPs y me paso los días reuniendo información técnica y de negocio para completarlas. Aunque en general es un coñazo, algunos de los proyectos son realmente hermosos, requieren una gran dosis de imaginación y creatividad (por la que luego me maldecirán eternamente los equipos de desarrollo, claro está 🙂 ).

En cualquier caso, dentro de mi empresa la relación con compañeros y jefes directos es buena, de amistad en algunos casos. Ellos saben de mi necesidad de moverme a Brasil desde el primer día, y de aquí vino la solución: me permiten trabajar en remoto.

Ji-Paraná

Por eso estoy ahora aquí, en Ji-Paraná, tumbado en una hamaca. A 8.257,82 km de distancia de Madrid. En una ciudad de 180.000 habitantes rodeada por todos lados de selva y más selva.

Este mes de octubre estoy de vacaciones, lo dedicaré a recuperar el tiempo perdido, y posteriormente seguiré dejándome las cejas estudiando documentación que luego tendré que convertir en propuestas.

Objetivo cumplido. Ya estoy en Brasil.

El Garrofer

El Garrofer

El 20 de febrero de 2009, Juan Cavestany me preguntó si conocía http://periodicoelgarrofer.blogspot.com/ (no lo enlazo, hace tiempo que esta página murió). «Claro, Juan le -contesté-; de vez en cuando me envías enlaces, es muy divertido, me parto la caja…». «Pues bien -me dijo-, quería preguntarte si se te ocurre alguna manera fácil, (y barata o gratis) de transformar este blog en una página con un aspecto un poco más currado».

Así fue como nació «El Garrofer». Desde ese día, a trompicones, fui montando una página con aspecto de periódico sobre una instalación de WordPress, que finalmente se acabó viendo como en la foto que acompaña este artículo. Importé la base de datos de blogspot, la migré a la nueva instalación, configuré la nueva plantilla y (lo que resultó más difícil 🙂 ) instruí a Juan y a Íñigo Javaloyes (el otro autor de El Garrofer, que vivía en los EEUU) en el uso de la web.

Todo esto nos llevó hasta el mes de mayo, cuando se estrenó por fin elgarrofer.com. El día 8 de ese mes, Juan me decía: «Está quedando que te cagas la página, estamos empalmados ante la posibilidad de poder anunciarla el lunes o así porque ya casi está a falta de los detallitos que falta. Tenemos incluso una gente que quiere poner publicidad!!!!».

Ya estaba funcionando. Además, creé la cuenta de Twitter y la de Facebook. Las visitas iban aumentando sin cesar, hasta que poco menos de un mes después, de repente, todos los indicadores reventaron con miles de visitas repentinas… El Garrofer había dado su primera campanada, un portal «serio» como Terra se había tragado la Noticia «Herido grave tras ‘alunizar’ con una bicicleta en una joyería» y la había publicado como cierta.

Elmundotoday

El humor de El Garrofer era muy particular, muy propio, respondía a una concepción del mundo intransferible de Juan Cavestany y de Íñigo Javaloyes, una mirada que luego se puedo ver reflejada de alguna forma en la obra de Juan, como El Señor, Gente en Sitios o Dispongo de Barcos. Una vez se me ocurrió «sugerir» un artículo de mi cosecha, que fue rechazado con tanta amabilidad como contundencia. El Garrofer no era industrializable, estaba indisolublemente unido a sus dos creadores. Lo cierto es que a pesar, o gracias a ello, estaba teniendo un notable éxito. Pero (casualidades de la vida) paralelamente al surgimiento de El Garrofer había llegado también un portal muy similar en concepto (al fin y al cabo el referente de ambos era The Onion), ElMundoToday.

El sentido del humor era muy diferente entre ambas webs, pero poco a poco ElMundoToday se fue convirtiendo en todo un referente en internet mientras que El Garrofer, a pesar de su notable éxito, se fue quedando más como referencia para públicos mucho más específicos. El Garrofer era artesanal, ElMundoToday se convirtió en una industria de indudable proyección.

Lo cierto es que ambas webs se convirtieron en todo un fenómeno. Hasta «El País» habló de ellas, conjuntamente.

Fin de la historia

Al principio, mi intervención era constante. Cambios en la página, enseñarles a administrarla, lidiar con las caídas del servidor (cada vez más frecuentes por las avalanchas de visitas)… Pero poco a poco, Juan e Íñigo se fueron haciendo con el completo control. Yo pasé a segundo plano, solo intervenía cuando había una emergencia. En todo ese tiempo, cientos de post gloriosos, multitud de medios serios que se tragaron «noticias» de El Garrofer como ciertas, una multitud de seguidores incondicionales… pero pasó lo que tenía que pasar.

Al ser un proyecto tan personal, acabó desgastándose. Juan estaba en mil historias distintas, y cada vez le fue dedicando menos tiempo a El Garrofer. Fue un lento declive hasta que, de repente, hace un mes, me dijo «yo ya no puedo mas y voy a cerrar El Garrofer». Me dio mucha mucha pena. Pero lo entiendo. Nada es para siempre.