No me canso de decir “te quiero”

Mi primer cumpleañosNo hay nada peor que estar lejos cuando te necesitan. No hay nada peor que estar lejos cuando me necesitas, papá. Hace más de un año que supimos que estabas muy enfermo. Más de un año en el que te he visto cada vez que he podido, que siempre ha sido demasiado poco.

Mamá y hermana han estado ahí, a tu lado, cuidándote, haciendo lo posible y lo imposible para que el devastador efecto de la quimioterapia te fuera lo más llevadero posible. Vigilando tu dieta, tu medicación, pero, sobre todo, estando a tu lado.

Yo, a 10.000 kilómetros, siento que te he fallado. El mes pasado todo empeoró. Quién sabe si por el tratamiento, por tu enfermedad o porque sí, se quebró una de tus caderas. Yo volé en cuanto lo supe hasta Sevilla, fui directo al hospital de Valme, donde mamá llevaba ni se sabe cuánto tiempo a tu lado, sin dormir.

Las noches

Pedí las noches para mi. Todas las noches en el hospital las pasé contigo, obligué a mamá a retirarse a casa, aunque sé que ella no tiene otro lugar que no sea a tu lado. Casi te nos vas. La operación de la cadera salió aparentemente “bien”, pero no se dieron cuenta de que te habían dejado perforada una arteria. Te estabas desangrado por dentro, y pese a nuestras reiteradas llamadas de ayuda al equipo médico, no te hicieron caso durante todo el fin de semana. Solo el lunes repararon en su “error”.

Pero bueno, la pasamos. Eres fuerte. Poco a poco recuperaste la consciencia. No sabes qué hermoso es oír tu voz. Pero también lo es velar tu sueño, en silencio. Fueron horas en que la memoria, mientras mi vista reposaba en tu cuerpo debilitado, se disparaba frenética hacia recuerdos que ni sospechaba que aún estaban ahí. Recordé esos domingos, todos los domingos durante años en nuestras vidas, que íbamos en familia a la Dehesa de Bulnes. Dejábamos el auto a la sombra de alguna buena encina, el abuelo preparaba el fuego y demás nos dispersábamos por los cerros de la Dehesa a la busca de espárragos. Al principio yo iba contigo, me enseñabas con tu mirada a saber dónde tenía que mirar.

Recuerdos

Recordé un viaje a Galicia que, en aquella época, yo tenía 9 años, fue toda una aventura para mi. Tres maravillosos días en el R6. Recordé la primera vez que fuimos a la que después fue tu segunda casa, Conil. Recordé cosas mucho más antiguas, como los paseos por el parque de Maria Luisa, y sí, recordé, aunque creo que era demasiado pequeño para recordar, mis primeros años en la calle Nueva. Sí, como en la foto. Tú tenías 27 años en mi primer cumpleaños, y aunque no puedo recordar tan lejos, sí que tengo en la memoria a ese joven de mirada bondadosa y sonrisa de felicidad. Mi papá.

Pero bueno, el mes pasó. Finalmente te dieron el alta. Tu vuelta a casa ya no fue como antes. Tuvimos que colocar una cama adaptada en la sala. Contratamos a una enfermera para que te ayudara a volver a ponerte en pie. Lo hiciste, conseguiste incorporarte sobre tu propio peso. Pero siempre por poco tiempo. Estás muy enfermo, muy débil, y yo siento de nuevo que te he vuelto a fallar. Me tuve que regresar. 10.000 kilómetros nos separan de nuevo.

Pero en todo este tiempo sí hubo una cosa que no me cansé de decir: “te quiero”. Te lo dije todos los días a todas horas, porque sé que a lo largo de mi vida no te lo había dicho lo suficiente. Pero ya no. Ya no juego a los sobreentendidos. Ya no me canso de decir “te quiero”.