Llegada a México

Una nueva etapa, un nuevo país

Ciudad de México
El último año ha sido profesionalmente muy intenso. El reto de internacionalizar y diversificar una pequeña empresa requirió cruzar constantemente al Atlántico, principalmente a los EE.UU. en un principio, pero con la mira puesta en México, que iría seguido de Colombia, Perú y quizá Chile. Había que prestar atención a las peculiaridades de cada mercado, así como a las diferencias culturales y legislativas.

La verdad que era bonito, un reto interesante. Pero, personalmente, pronto llegué a la conclusión de que no se daban las condiciones materiales para llevar la misión a buen puerto. Desde que estallara hace cuatro o cinco años la crisis en España, cientos de empresas voltearon sus ojos hacia Latinoamérica. Se veía como una oportunidad de compensar la inexistente expectativa de crecimiento en el mercado local, y casi todas siguieron el mismo patrón: fueron allá donde alguna multinacional española (Telefónica, Santander, BBVA…) ya había establecido operaciones, y se intentó replicar el modelo que se había estado siguiendo en España.

Valor añadido

Eso funcionó para algunas, principalmente para las mayores. Pero para la miríada de pequeñas y medianas empresas que en España viven de un modelo de pura subcontratación, en general esto no funcionó tan bien. No aportaban ningún valor añadido, desconocían el mercado local y, para colmo, competían con empresas locales que hacían lo mismo, pero más barato.

No tiene sentido cruzar el Atlántico para montar un modelo de puro “body shopping”. Pero el problema es que no saben hacer otra cosa. Intentan, en su mayor parte, diversificarse con clientes locales; contratan equipos comerciales, viajan con cierta frecuencia, se rodean de “conseguidores” que les prometen fabulosos negocios con los principales clientes locales… sólo para darse cuenta, a la vuelta de los meses, de cómo habían tirado el dinero.

El mercado tecnológico en Latinoamérica puede estar menos maduro, en algunos aspectos, que en España. Pero desde luego no son idiotas. Y están cansados de que vengan empresas europeas a “venderles espejitos”. Así que la típica empresa que desembarca en algunos de estos mercados con el único diferencial de ser española, normalmente se tiene que volver con el rabo entre las piernas en poco tiempo. No es más que una pérdida de tiempo y dinero.

Esto no quiere decir que no se pueda hacer negocio. Se puede, y mucho. Pero hay que quitarse la venda de los ojos, adaptarse al mercado local y ofrecer verdadero valor.

Jacarandas

A esto me refería cuando decía que no veía las condiciones materiales para llevar mi trabajo a buen puerto. Mi empresa no proporcionaba realmente ningún valor añadido, vendía humo, espejitos. Me daba rabia, porque apreciaba el negocio potencial que tenía ante mis ojos. Así que hace unos meses, cuando una empresa mexicana me ofreció ser su Director Comercial, lo tuve claro. Podía aprovechar toda mi experiencia, pero en local, con recursos y clientes locales. Nada de espejitos: pura oportunidad de negocio.

Y así es como ayer mismo desembarqué en el aeropuerto Benito Juárez de Ciudad de Mexico. En el trayecto entre el aeropuerto y mi nuevo departamento, tuve una sensación tremenda de bienvenida, algo así como “de aquí soy”. Esta megápolis es, paradójicamente, una ciudad acogedora, lo opuesto al sucio, caótico, maloliente y peligroso São Paulo.

Disfruté mucho de este trayecto inicial, mis primeras horas como chilango. Adoré el último tramo en la Avenida Insurgentes, entre jacarandas, liquidámbar, magnolias, nísperos y fresnos, justo antes de internarme en mi destino final, en la Colonia Nápoles, el departamento que será, de hoy en adelante, mi nuevo hogar.

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