Y como consecuencia… despedido

Breve relación de cómo todo puede ir a peor

despedido
Estos días desde que me deportaron han sido un caos, una sucesión de malas noticias seguidas de otras peores. Una vez resolví, temporalmente, dónde alojarme en Madrid, me presenté en las oficinas de mi empresa. El dueño se hizo el sorprendido, decía no explicarse cómo podía haber sucedido todo. Me preguntaba una y otra vez si no había posibilidades de que yo volviera a Brasil. Me dijo que, mientras se resolvía la situación, podría seguir trabajando desde España.

Mientras tanto, envió a Brasil a otro empleado a hacerse cargo de la situación. Yo aproveché para pedirle el favor de que me trajese mis pertenencias de vuelta. A estas alturas era lo único que podría esperar.

Las cosas se produjeron tal y como yo me temía. Las buenas palabras iniciales pronto quedaron en nada. Para empezar, no me pagaban. No me habían pagado julio, y agosto mucho me temía que iba a seguir el mismo camino. Para continuar, mi presencia en las oficinas de Madrid comenzaba a ser vista cada vez con mayor molestia. Me dijeron que no hacía falta que pasara más por allí hasta que no se resolviera todo.

Pero yo iba. Todos los días. Sabía lo que se estaba gestando. Ahora que no podía volver a Brasil, ya no les servía de nada. Me iban a dar la patada en el culo, la única duda era cuándo.

Maletas y puerta

Y el cuándo fue a la vuelta del empleado que envió a Brasil. Lo vi entrar con mis maletas, cosa que agradecí en el alma porque sabía que era lo único que iba a sacar en claro de allí. Inmediatamente, el dueño de la empresa me llamó a su despacho. Había ensayado muy bien, estaba rojo de ira. Me acusó de todo lo imaginable, prácticamente de haber conspirado para conseguir mi deportación de Brasil con el objetivo de perjudicar a la empresa. Me dijo que todo había sido una lamentable pérdida de tiempo y dinero.

Yo estaba aparentemente tranquilo, aunque por dentro me llevasen los demonios. No iba a gastar saliva con él, ya nos veríamos en los juzgados porque, con independencia de que no tuviésemos un contrato firmado, yo tenía innumerables pruebas que acreditaban la relación laboral. Todo lo que estaba pasando era un teatro premeditado, era una forma de justificar una decisión que moralmente era del todo injustificable.

Lo único que dije fue: “¿Me vas a pagar los dos meses que me debes?”. “Llámame la semana que viene”, me dijo, y ahí se acabó todo. Cargué mis maletas y me fui, cabizbajo, sabiendo que la semana que viene ni nunca, que sólo ante los tribunales.

Mientras, tenía cosas más importantes en qué pensar. Qué coño hacer con mi vida, por ejemplo.

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