Deportado

El triste final de mi aventura brasileña

Deportado

Espaço conector de Guarulhos

Estoy sentado en un café del aeropuerto de Barajas. Un vuelo de Alitalia me ha traído de vuelta (con escala en Roma) desde el aeropuerto de Guarulhos, en São Paulo. No puedo decir desde Brasil, porque no me han dejado pasar el control de pasaportes. Me han deportado, como para abreviar le estoy diciendo a familiares y amigos, aunque técnicamente “lo único” que ha sucedido es que no me han dejado entrar al país nuevamente.

No puedo describir muy bien cómo me siento. Es una sensación extraña. Como si no me estuviera pasando a mi. Algo así como noqueado, sin capacidad de reaccionar. Hace ya dos días que salí desde Barajas con rumbo a Brasil, y es verdad que con cierta inquietud.

Permiso de trabajo

Como ya comenté en un artículo anterior, mi situación en Brasil era irregular. Yo había entrado como turista, lo que me permitía permanecer un máximo de 6 meses al año dentro del país. Mi empresa era consciente, y de hecho para eso fue el viaje programado a Madrid. Me habían prometido, desde el principio, que se gestionaría el “visto de trabalho” que me permitiría trabajar legalmente en Brasil.

El dueño de la empresa me dijo que estuviese tranquilo, que todo estaba controlado. Me citó un día antes de mi vuelo de vuelta a Brasil, el 10 de agosto, y me entregó un papel con membrete de la empresa y firmado por él. Era una mierda. Eso no valía para nada, y así se lo dije. Se limitaba a declarar que yo me encontraba de viaje de negocios, con lo que, según él, ya no me aplicarían los límites del visado para turista.

Insistió tanto en que lo había revisado con sus abogados brasileños, que al final desistí de discutir. Pero eso no rebajó ni un ápice mi inquietud. Al día siguiente embarqué hacia São Paulo, como cordero degollado.

Interditado

El avión llegó a eso de las 5 de la mañana. La misma rutina de siempre hasta llegar al control de pasaportes. Allí, una funcionaria somnolienta introdujo mis datos en el ordenador. Tardaba demasiado para lo habitual. Finalmente, sin decirme ni media palabra, se levantó de su asiento y me dejó esperando, temiéndome ya lo peor.

Tras unos minutos que se me hicieron interminables, apareció la funcionaria acompañada de un policía. Me pidió que me apartara de la fila. El policía, secamente, me comunica que no puedo ingresar en el país, que tengo que acompañarle. Intento dialogar con él, le muestro nuevamente el papel que me había dado mi empresa. “Você está interditado “, fue toda su respuesta.

Espaço conector

Todo era como un mal sueño. El policía me dejó en el llamado “espaço conector”, un área dentro del aeropuerto de Guarulhos donde las personas que no son aceptadas en el país esperan a que su compañía aérea las devuelva a su país de origen. Como se ve en la foto que encabeza este artículo, es una sala desangelada, donde no hay teléfono, ni conexión a internet, ni dónde comer o tomar un café… donde no se puede hacer nada más que esperar. Yo era el único europeo que esperaba, junto a grupos de angoleños y coreanos. Lo que más me angustiaba era no poder comunicar ni a mi pareja ni a mi familia en España la situación en la que me encontraba.

Afortunadamente, dentro de lo malo, la situación en mi caso se resolvió pronto. A las 3 de la tarde me devolverían a España (vía Roma) en el vuelo de Alitalia (la compañía aérea es siempre responsable de la repatriación en estos casos). Camino del embarque pude conectarme fugazamente a una red wi-fi que me permitió enviar un email a mi pareja. Le pedía que anulase su viaje previsto a São Paulo para reunirnos y que avisara a mi familia.

Y ahora qué

Ahora, dos días después de mi partida, estoy de vuelta en España, en una cafetería del aeropuerto de Barajas. He llamado a mi familia y a amigos, he pedido socorro porque estoy aquí, sin casa, sin nada… todo lo poco que tengo se quedó en Brasil. No sé qué voy a hacer a partir de ahora. Sólo me apetece tomar un baño y dormir, y a estas horas ni siquiera sé dónde podré hacerlo.