Inmigrantes

Es curioso, pero la gente que habla de inmigración e inmigrantes en tono entre preocupado y apocalíptico no suele tener el más mínimo contacto con ellos. De hecho, no suelen tener ni idea de lo que hablan. Donde hay personas, no son capaces de ver sino chachas y delincuentes. Contra este tipo tan extendido de prejuicio es inútil intentar discutir racionalmente, siempre se acaba tropezando con la simpleza y vulgaridad que se estila en las barras de las tascas.
También alguna gente de mi pueblo, desde su pequeño púlpito hipertextual, añaden elementos a esta demonización del que menos puede. En España -viene a decir-, no existe racismo, sino “miedo al descontrol, el vértigo de la inseguridad, el pánico de la regresión social”. En fin, cada uno pensará lo que quiera, pero en la historia se repite siempre lo mismo: el miedo que el habitante del valle sentía hacia el de la montaña, el que sentía el ciudadano ante el pastor nómada de las estepas, el que sentimos hoy nosotros mismos a los que por no tener no tienen ni papeles.

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