Pedro J. y los titiriteros

Marat-Sade
El pasado sábado un eclipse total de luna captó la atención de miles de personas, que salieron a campo abierto o a las plazas y azoteas de las ciudades para contemplar un fenómeno siempre fascinante pero que antiguamente aterraba a la humanidad.
La luna, la diosa de la noche, que cada 28 días completa escrupulosamente un ciclo perpetuo de muerte y renacimiento, nos es arrebatada inopinadamente (y sin que el hombre antiguo supiera explicarse por qué) cada vez que, de tiempo en tiempo, la Tierra se interpone entre el Sol y nuestro particular satélite.
Por eso los eclipses de luna eran una infausta señal que invitaba a prevenirse de cualquier mal insospechado. Y yo tenía que haberlo tenido en cuenta cuando la mañana del domingo, que en Madrid era soleada y ventosa, me desayuné con el artículo (carta del director, le llama) que Pedro J. Ramírez, el director del amarillista diario español El Mundo, dedica a una comparación tan llena de mala fe como traida por los pelos entre el Marat-Sade de Peter Weiss, que representa estos días la compañía Animalario en Madrid, y el acercamiento domiciliario del terrorista etarra Iñaki de Juana Chaos decidido por el Gobierno español hace unos días.

No enlazo este artículo desde aquí porque es de pago. Sin embargo, puede encontrarse una transcripción del mismo en algunas páginas web, como la Bitácora Almedrón. La verdad es que me amargó el desayuno. Aunque Pedro J. es conocido por utilizar el periódico que dirige como si de una cañonera mediática se tratase, desde la que dispara a discreción contra todo el que se oponga objetiva o subjetivamente a sus intereses (o a sus ansias megalómanas, según se mire), lo cierto es que esta vez el disparo me caía cerca. Estaba desparramando su mala baba contra unos amigos míos, cuyo inmenso delito no es otro que el de llevar a escena un conflicto eterno e inherente a la condición humana, la dialéctica aparentemente irresoluble entre lo social y lo individual, entre el ascetismo (revolucionario, en este caso) y el hedonismo; pero Peter Weiss también nos conduce, en este perfecto ejemplo de teatro dentro del teatro que es Marat-Sade, a través del delgado hilo que separan locura y sensatez.

Quemar el teatro

Eso es lo que ha hecho Animalario. Y la adaptación de Alfonso Sastre, que es la que ha utilizado la compañía, o la excelente dirección de Andrés Lima no hacen otra cosa que traer a nuestros días este conflicto tan intemporal, por otra parte. Pero Pedro J. parece que vio otra cosa. Fiel a su tradición de juntar churras con merinas, comienza su larga perorata imaginando qué hubiera pasado si los manifestantes que se concentraron en la Plaza de Colón de Madrid para criticar la decisión del Tribunal Supremo de rebajar la condena a De Juana Chaos hubieran acudido, a continuación, a la representación de Marat-Sade. Y Pedro J. sólo deja dos alternativas: si una de estas personas, caracterizadas por el director de El Mundo como admirables ciudadanos de bien, hubiese acudido a la representación, o hubiera quemado el teatro o hubiera muerto de un infarto.
No se entiende muy bien por qué nadie que haya participado en una manifestación de ningún tipo se vea impulsada a quemar nada, pero lo cierto es que a las turbas fanatizadas que últimamente manipula emocionalmente el Partido Popular en su estrategia de acoso y derribo al Gobierno es fácil, en estos tiempos de crispación, marcarles nuevos objetivos y señalarles enemigos, reales o ficticios, contra los que descargar su ira. Y eso es lo que ha hecho Pedro J.: a la manera de los cobardes articulistas que, camuflándose en un aparente ejercicio de la libertad de opinión, señalaban a ETA, en las publicaciones abertzales, cuál debía ser la próxima víctima de la banda terrorista, Pedro J. ha marcado a estos liberticidas el camino a seguir. Y bien que se da cuenta de lo que está haciendo, pues él antes que nadie pone el parche antes de la herida al afirmar, cínicamente, que “si existiera el menor riesgo de que esta reflexión fuera interpretada como una denuncia con la más remota posibilidad de surtir efectos negativos para los afectados, me habría abstenido de ponerla por escrito”. Da asco, la verdad.

Paralelismo

Todo el resto del artículo es pura basura ideológica basada en un endeble y falso paralelismo que intenta establecer, con nulo éxito, entre la brillante adaptación que Animalario hace del Marat-Sade y el pensamiento del terrorista Iñaki de Juana Chaos, hasta tal punto que Pedro J. llega a decir que se trata de “dos discursos idénticos a la hora de proporcionar coartadas políticas a los más repugnantes asesinatos”. Él dice que es difícil de rebatir este paralelismo, pero lo cierto es que no se molesta ni en argumentarlo: sencillamente, porque lo que afirma no tiene ni piés ni cabeza.
Se trata sólo de un burdo collage, en el que Pedro J. mezcla una buena dosis de demagogia en torno a la figura del terrorista De Juana con su poco disimulada aversión a los “titiriteros” (un concepto difuso utilizado por la ultraderecha española para estigmatizar, básicamente, a cualquier artista o intelectual que no le baile el agua a la derecha, o sea, la inmensa mayoría).
Y todo ello sólo para acabar pidiendo, sin el menor asomo de vergüenza, la afiliación al Partido Popular. “Sólo queda -dice, fingiendo estar compungido- sujetarse el corazón, morderse los labios para contener sollozos y alaridos, y esperar a Carlota Corday, en el buen entendimiento de que esta vez lo que hará cuando llegue de Caen no será irse a comprar un cuchillo a una de las tiendas de la plaza del Palais Royal … sino afiliarse al Partido Popular y ofrecerse como voluntaria para pegar esos carteles que durante la campaña electoral habrán de recordar lo que hizo De Juana y lo que ha hecho Zapatero”.
Algún que otro amigo me ha comentado que lo mejor que se puede hacer ante un histrión como éste es ignorarle, hacerle el vacío, privarle de la morbosa sensación de importancia que le reporta ser atendido, aunque sea desde la náusea. Seguramente tengan razón, y eso haré a partir de ahora. Pero debe saber que su sucia maniobra, la manera en que ha intentado poner a alguna gente en el centro de la diana, no ha pasado desapercibida. Hasta un ciego lo hubiera visto, por mucho que haya intentado lanzar la piedra y esconder la mano.

One Comment

  1. Yo también leí el artículo de Pedro J., y pensé lo mismo que tú. Espero que no pase nada, porque si pasa, sabremos quién incitó a los violentos.

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