Singha

singhaEl mundo, como todos saben, tiene dos partes bien diferentes: Sevilla y Cái. O Mahou y Cruzcampo, aunque si tengo que decir la verdad, la única cerveza española que me encontré en Tailandia fue San Miguel. Pero ni probarla. En Tailandia yo fui fiel a Singha (“el león”, en sánscrito), la cerveza pata negra, la de toda la vida de allí, aunque, como todo el mundo sabe, ha sido desplazada desde hace algún tiempo por la Chang (“elefante”, en thai).
Singha estuvo conmigo desde el principio, cuando me ayudó a soportar el jet-lag, cuando me hizo menos penoso aclimatarme a la temperatura y la humedad de Bangkok, pero también me sirvió de justa recompensa cuando ya había conseguido integrarme en el paisaje, siempre a la vuelta, cuando recorría las cadenas montañosas que rodean a Chiang Mai, o era el alivio que me esperaba tras subir por la jungla plagada de pitones hasta el mirador de Ko Phi Phi…
Lo único que nunca consiguió fue apagar el incendio que cada día despertaba en mi paladar la -por otra parte deliciosa- tremendamente especiada comida thai.

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