L’Estany de Cullera

L'Estany de Cullera
Ayer conté cómo, para estrenar el nuevo coche, me dirigí a Cullera a comer una paella. No fui allí por ningún motivo en especial. De toda la Península Ibérica, la zona que peor conozco es Levante, y apenas había estado antes un par de veces, de pasada. Quizá por eso se me había antojado comer una paella en la playa, para compensar. Lo cierto es que, por desconocimiento, pregunté a mis allegados. Me decían que podía ir a la Malvarrosa, pero que ojito, que era un sitio típico para turistas y atento a la clavada.
También me hablaron de muchos más sitios que ahora no recuerdo (bueno, quizá el Palmar, en La Albufera), pero lo cierto es que el día antes de salir aún no lo tenía claro. Así que busqué un poco por Internet, vi opiniones por acá y por allá, y acabé reservando mesa en Casa Salvador.
Fue un poco a lo loco, como casi todas mis opciones de compra y consumo. Pero me salió -nuevamente- bien. De entrada, me gustó que no hubiera que entrar en Cullera (localidad demasiado maltratada por la fiebre de hormigón que está asfixiando a la costa española), sino perderse por una carreterita llena de vericuetos, angosta y flanqueada de acequias: pura huerta). Pero es que además, cuando llegamos al restaurante, vimos que estaba pegado a la playa del l’Estany (he visto críticas a la calidad de esta playa, y mucha gente opinaba que el agua que estaba sucia pero, cuando fui yo… estaba translúcida).
Nada más bajarnos del coche, fuimos como locos a la playa pero… se nos había olvidado llevar sombrilla (yo es que no tengo, vaya). Así que, para no asarnos como escandinavos desprevenidos, propuse dar un paseo por la playa. “Pero es que no se puede -me dijo Ana-. Son calitas que están separadas por rocas y el mar”.
– “¿Cómo que no se puede? -contesté, envalentonado- Déjame la mochila, que la llevo como si fuera un porteador, y verás como pasamos”.
Y tanto que pasamos: cuando se me mete algo entre ceja y ceja, lo hago. Atravesamos de esa guisa cuatro calitas, para cachondeo generalizado de los pescadores que nos miraban desde el espigón y para sorpresa de los bañistas cuando nos veían aparecer de entre las aguas, con la mochila en la cabeza. Más de uno miró en su derredor en busca de la cámara oculta. Pero no había. Tan sólo era yo.

El restaurante

Así pasó amena -y refrescada- la mañana, hasta que llegó la hora de la comida. De vuelta al restaurante, descubrimos que estaba flanqueado por el otro lado por l’Estany (estanque o laguna), un humedal rodeado de cañaverales de una hermosura singular, en el que decenas de personas (jóvenes y ancianos) esperaban pacientemente a que los peces picaran el anzuelo de sus cañas. Para nuestro agrado, la mesa que habíamos reservado en Casa Salvador estaba en una hermosa y enorme terraza justo a la orilla de l’Estany.
Pero aún tenía que venir lo mejor. Ante la carta (amplia hasta cansar, con más de 30 variedades de arroz) ya se nos iba haciendo la boca agua, pero cuando finalmente apareció la paella que, dubitativos, habíamos elegido, una paella de rodaballo y angulas… bueno, eso no se puede contar. Hay que vivirlo.

4 Comments

  1. Uy, ya me dirás cómo se llega, con las ganas que tengo yo de comer una paella de verdad -y no las que hacen aquí, que le echan carne y pescado y marisco todo junto- en un sitio de los que cocinan con arte ;o)

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  2. Pues yo fuí hace unos días a Casa Salvador, y fue un desastre, una ensalada con productos de mala calidad, y un servicio pésimo. FDos horas y media para servirnos la comida, al final, como no traían la cuenta tuvimos que pagar en caja.
    Caro, muy caro, para la calidad y el servicio. Y comimos en la terraza, y al llegar el postre, una rata correteando entre las mesas, afortunadamente tienen gatos, que hizo buena cuenta de la rata gigante.

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  3. Ya había leído yo comentarios en los que se quejaban del precio; a mi -sin parecerme barato- no me pareció exagerado, sobre todo porque nos pusimos hasta las botas, sin privarnos de nada. Y la verdad que todo estaba de vicio. El servicio fue bastante bueno: quizá ahí influyó la suerte. Y en cuanto a lo de la rata… qué decir. Tampoco me extraña, la verdad, porque estando justo al borde de una laguna…

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