Un franco, 14 pesetas

Un Franco 14 PesetasHace un par de semanas fui con mi hija a ver “Un franco 14 pesetas”, la película con la que Carlos Iglesias se estrena como director. Además de para ver la interpretación del amigo Javi Gutiérrez, me apetecía mucho ir a ver esta película por algo que dijo Iglesias creo que en el programa de Buenafuente. Algo así como que le sorprendía ver, en el pueblo en el que vive, cómo la gente pasa junto a los inmigrantes como si fueran invisibles, y que eso le hacía recordar su pasado como emigrante en Suiza, ese pasado reciente en el que nosotros éramos “los otros”.
Yo no llegué a vivir directamente la España de la emigración, pero algunos de mis amigos de infancia sí que eran hijos de emigrantes retornados. En cambio, mi hija vive de lleno en una ciudad con una gran cantidad de inmigrantes, y en un barrio y en un colegio donde la mayor parte de la gente proviene de otros países. Yo pensé que no sería malo que viese -aunque ya lo habíamos comentado a veces- que este estado de cosas no es el estado natural de las cosas, y que lo que hoy es así no siempre lo ha sido, ni tiene por qué serlo en el futuro.
La verdad es que, por mucho que se lo diga, supongo que tiene que ser muy difícil comprender que hasta hace muy pocos años España era un país pobre al que a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido inmigrar. La historia de Carlos Iglesias, sencilla, clara, realista (es su propia biografía, al fin y al cabo), con una magnífica recreación de la España y la Suiza de los años 60, ha servido mucho más que largas conversaciones. O eso creo
La película, además, está muy bien. Yo creo que la intención (su aliento ético) está por encima del resultado artístico, pero esto no le quita ni un ápice de mérito. De hecho, creo que está funcionando razonablemente bien en taquilla, y ya en su momento se llevó el Premio del Público en el Festival de Cine de Málaga.
Sólo una anécdota más: cuando llegamos a la sala del cine mi hija y yo, ya estaban apagadas las luces porque la película estaba a punto de comenzar. No vimos al resto de los espectadores. En cambio, cuando se encendieron las luces, pudimos observar que en la sala casi todo el público era anciano. Un hombre bastante mayor permanecía sentado en su asiento, con los ojos bañados de lágrimas. Al salir, oímos perfectamente cómo alguien, al ver pasar a mi hija, exclamaba: “Uf, menos mal; creí que sólo íbamos a venir viejos…”

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