Eduardo Aldán y la incomunicación

Espinete no existeCoño. Yo a Truman lo tengo todos los días, de lunes a jueves, al lado. Para ser exactos, basta con que yo levante levemente la mirada para que (obviando que, afortunadamente, Eva se interpone entre nosotros), le vea el cogote a Truman. A más a más (que algo de catalán en la intimidad se me ha quedado desde lo de Girona), casi todos los días comemos juntos.
Es como un ritual, bajar a ese comedor como de instituto de secundaria (había comparaciones peores, he sido generoso), subir con las bandejas llenas, haciendo malabarismos para abrir las puertas, y todo para acabar comiendo en una sala con fregadero y microondas, una sala que es más bien un pasillo desangelado, que viene a ser al apetito como
Margaret Thatcher a la libido.
Y cuento todo esto para explicar lo increible que me parece que, a pesar de todo (y a pesar de lo que, sobre todo a mi, me gusta charlar), hayamos ido los dos a ver el espectáculo de Eduardo Aldán, Espinete no existe, y no hayamos hablado sobre ello. Claro que yo fui antes, el 19 de abril. No dije ni una sola palabra, me lo quedé para mi.
Pero es que Truman tampoco ha dicho esta boca es mía. Me he enterado, por supuesto, a través de su blog. Ha sido como una revelación: he visto un mundo lleno de gente que no se habla, pero escribe anotaciones en su blog. Incomunicados blogosféricos. Qué pesadilla…
Ensoñaciones aparte, a Truman le gustó Espinete no existe (“casi dos horas de monólogo de humor trepidante” -dice-), y a mi no tanto. No es que el espectáculo esté mal, no. Es un monólogo muy trabajado (me sonaba gran parte de todo, porque reutiliza otros monólogos suyos del Club de la Comedia), que gira en torno a la infancia o, más concretamente, en torno a la nostalgia de la infancia. Y quizá eso es lo que no me acabase de cuadrar. Demasiado sentimental. Tenía truco, o a mi me lo parecía, y si bien a ratos me reía con verdaderas ganas, otras veces me resistía a dejarme arrastrar por la ñoñez. Será culpa mía, seguro.

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