Marea humana

atasco En Madrid no hay playa, pero todos los días se produce un gigantesco movimiento semejante a las mareas. Su origen, claro, no hay que buscarlo en la atracción gravitatoria de la Luna, sino en una organización arbitraria y desquiciada del entorno socio-urbanístico.
Todos los días, centenares de miles de personas se desplazan desde la periferia sur, donde viven, a la periferia norte, donde trabajan. Un enorme río humano subterráneo atraviesa el subsuelo de la ciudad, y es bombeado desde su corazón ferroviario, Atocha, hasta sus extremidades fabriles y de servicios.
Otra enorme marea se produce en la superficie, donde miríadas de automóviles se agolpan en las atrofiadas arterias que son las rondas de circunvalación.
En el norte de la ciudad se suceden sin solución de continuidad los “polígonos de excelencia”, que son como los polígonos industriales de toda la vida, pero más pijos, con menos humos y más encorbatados.
Entre ellos se sitúan verdaderas fortalezas, financieras o de las telecomunicaciones, pequeñas ciudades feudales casi autosuficientes, donde puedes encontrar comida tailandesa o peruana, centros comerciales exclusivos, su propia flota de transporte, su “policía privada”… pero sobre todo, miles de trabajadores que han sido arrancados de su anterior entorno, la ciudad, donde conseguían integrar su vida profesional y personal.
Ahora Madrid está surcada por esta transhumancia cotidiana que es sístole y diástole que nos da vida, pero también el repiqueteo rítmico en las sienes de nuestra locura.

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