La conquista del aire (con perdón)

La consquista del aireDos de mis mejores amigos debatiendo en un blog, y yo casi ni me entero: es para tirarme de los pelos. Resulta que Gustavo, en su último breve viaje a nuestro común pueblo (Alcalá de Guadaira), tuvo en casa de Fran una de esas cenas memorables que se alargan hasta bien entrada la madrugada. Estaban Fran, periodista, novelista y profesor; Lucía, alta ejecutiva de una multinacional; Roberto, guionista de series de televisión; Nuria, coordinadora de prensa de un sindicato, y el propio Gustavo, dramaturgo y periodista. Todo comenzaría bien, supongo: “pues yo acabo de terminar un guión”, “yo estoy preparando un libro infantil”, “antesdeayer llegué a las 8:00 de Amsterdam y, sin tiempo a desayunar, embarqué rumbo a Liboa”… en fin, lo normal, una puesta al día entre amigos.
Dice Gustavo que siguieron hablando de cine y de teatro y, sin que sepamos cómo, acabaron debatiendo sobre empresarios y obreros. Vaya tela. Yo casi no necesitaba seguir leyendo el artículo, la historia me sonaba bastante: yo había participado en alguna de ellas y, realmente, me tiemblan las piernas cada vez que lo recuerdo.
Estar en una de esas conversaciones es como ser uno de los personajes de La conquista del aire, de Belén Gopegui. Unos individuos de mediana edad y de origen humilde (de origen obrero, para ser más exactos) que han ascendido la escalera de la vida a la manera que nos ha sido dada: es decir, han dejado atrás su condición social, o la de sus padres, y la han sustituido por otra. Ahora son profesionales.
Todo esto, en unos más y en otros menos, crea toda una serie de contradicciones y conflictos que son los que van empujando la historia en la novela. En la vida real no viene a ser muy distinto, aunque probablemente sea todo mucho más soterrado. El propio Fran decía, en un comentario que hizo al artículo de Gustavo, que le ha costado muchos años no tener mala conciencia de su (relativo) éxito personal (eso le pasa por tener éxito, ya verás cómo a mi no me pasa nunca).
También Fran propone un debate sobre lo que queda de la clase obrera. Yo le contesto: lo que quedan son los obreros. Quizá no nosotros, “profesionales” al fin y al cabo; pero sí los millones de inmigrantes (o no) que limpian nuestras casas, cultivan nuestros campos, cuidan de nuestros ancianos, nos sirven en bares y hoteles, hacen marchar nuestras fábricas… En definitiva, los trabajos que hacían nuestros padres. No es que haya que tener mala conciencia por no estar en el escalafón más bajo, no. Creo que fue el propio Fran el que una vez me dijo (no sé si la frase es suya): “la obligación de todo preso es fugarse”. Pero una cosa es no tener mala conciencia y otra cosa acabar asumiendo como propio un sistema que propone un estilo de vida basado en que el bienestar de unos pocos (aunque seamos millones) se sustente sobre la humillación, el maltrato y el menoscabo de otros muchos (muchísimos, sí, muchísimos millones más).
La diferencia práctica no creo que sea mucha. Todos seguimos con nuestra vida adelante. Pero algo me dice que no debo aceptar la pobreza o la injusticia como parte del paisaje, ni caer en la tentación calvinista de pensar que, al fin y a la postre, todo lo que uno tiene o deja de tener depende en exclusiva de su esfuerzo personal.
Para terminar (de momento), cito aquí un párrafo de La conquista del aire:

… siempre hubo mártires, gente que se negó a respetar el juego. El problema es que un mártir sin un movimiento detrás no merece consideración. Si el Rick de Casablanca sólo hubiera perdido a una mujer, habría sido un tonto, un desgraciado sin más. Rick y la película necesitaban la Resistencia francesa.


PD: Fran, ¿a qué esperas para abrirte un blog? Sería un placer debatir también aquí contigo. Ya has visto con qué bríos ha entrado Gustavo en esto…

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