La españolidad

Yo no elegí ser español. Realmente, sólo una minoría elige su nacionalidad: los que abandonan su tierra y, al cabo de un tiempo, abrazan una nueva patria, adquieren una nueva nacionalidad que, en sus casos, no les ha venido dada, sino que ha sido fruto de una elección.
No es mi caso. Yo nací en este trozo de tierra llamada España
y con ello adquirí una serie de derechos y obligaciones. Nadie me preguntó si yo quería ser español. Me educaron para serlo, porque ya lo era.
Cuando yo nací España era una dictadura y en los colegios era obligatorio rezar y cantar el Cara al Sol. Pero siendo yo muy niño, murió el dictador. Fue una gran alegría. Bueno, para los niños fue una gran alegría, porque el día en que murió Franco no hubo colegio. Pero hubo mucha gente que lloró su muerte. Yo lo vi. Otros no. Otros brindaron con champán y cantaban a la libertad. Yo también lo vi.

En cualquier caso, cuando murió el dictador siguieron educándome para ser español. A veces me he preguntado si yo no hubiese preferido ser británico, o chileno, o australiano. Ser italiano de verbo fácil y mirada pícara, chino taimado y profundo, argentino de horizontes ilimitados, cubano sabio y danzarín, yanqui esforzado y orgulloso… qué sé yo.

Españolidad

Lo cierto es que me he amoldado a la identidad que me forjaron. Soy español y me siento a gusto siéndolo. Pienso, hablo y siento en español. Hablo alto y me embriago con los amigos, pero no me gusta el fútbol ni las procesiones. Mi forma de ver el mundo le está permitida a un español, aunque no sea la mayoritaria.

Pero no todo el mundo quiere ser lo que le han dicho que tiene que ser. Por ejemplo, los checos. Chequia es casi una isla eslava en un mar germano. Desde siempre ha vivido una enorme presión para germanizarse. Durante siglos los checos lucharon por cosas tan aparentemente triviales como poder escuchar misa en su idioma. Los gobernantes austrohúngaros solían residir en Viena y, por lo general, no entendían ni una palabra de checo.

Pero los checos decidieron no ser alemanes. El Teatro Nacional representó, en el siglo XIX, la voluntad del pueblo checo de ser por sí mismos. Luego, la historia les deparó una primera oportunidad cuando el imperio austrohúngaro se deshizo tras la Primera Guerra Mundial.

Ahí no acabó todo, desde luego. La alemania nazi pretendió de nuevo engullirse toda Chequia (no sólo la de habla alemana). Finalmente, la derrota de alemania brindó una nueva oportunidad a este país, oportunidad bastante estrecha durante cuarenta años debido a la asfixiante presencia soviética. Pero, de nuevo, tras 1989, y tras la separación pacífica de Eslovaquia y el ingreso de ambos países en la Unión Europea,los checos se sienten dueños de su destino. Orgullosos y optimistas, miran hacia el pasado (los años 30 del siglo XX) para proyectarse en el futuro.

Búsqueda de la diferencia

Visto desde fuera, puede parecer absurdo tanto empecinamiento. Tanto sufrimiento para poder ser diferente, para hablar otro idioma, tener otros símbolos, otra bandera. Más absurdo si cabe cuando, al final, vuelven a integrarse en una estructura superior con sus vecinos germanoparlantes: la Unión Europea.

Pero quizá sea más absurdo pretender imponer sentimientos a la fuerza. Pobre patria aquella que para existir debe extorsionar, humillar o someter a quienes la componen.

Aquí en España también tenemos a veces la tentación de hacer españoles a la fuerza. Por mucho que se intente disimular, por mucho que esté alejado de lo políticamente correcto, lo cierto es que a un porcentaje nada desdeñable de españoles les hierve la sangre porque en Cataluña se hable catalán con normalidad, y sobre todo porque el catalán sea el idioma de la administración autonómica y la educación.

Que un 20 o un 30 por ciento de los catalanes no se sientan españoles, o alrededor del 50 por ciento de los vascos tampoco, nos subleva y despierta en nosotros sentimientos alojados en nuestro más rancio cerebro de reptil.

Pero también es cierto lo contrario. Que una mayoría de catalanes se sientan españoles, o que le suceda lo mismo a aproximadamente la mitad de los vascos, trae por el camino de la amargura a los respectivos independentistas, hasta el punto de que la palabra “español” se lanza (se sacude, más bien) como si del peor insulto se tratase.

Una forma de ser humano

Yo, ya lo dije, no elegí ser español. Pero me siento a gusto siéndolo. Pero para ser español no siento la necesidad de parar el tiempo, las corrientes marinas, el pulso de la historia. Al contrario, prefiero ver cómo mi españolidad no es más que una de las posibles formas de ser humano que existe, una forma cambiante, que crece y cambia y se transmuta con cada persona que la compone.

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