Azul oscuro casi negro

Azul oscuro casi negro
Ayer tocó preestreno de cine, en el Palacio de la Música de Madrid. Fue el del primer largometraje de Daniel Sánchez Arévalo,
Azul oscuro casi negro. Yo sabía ya que me iba a gustar (ver disclaimer), y además en el Festival de Málaga había obtenido los premios del jurado, de la crítica y al mejor guión, escrito por el propio Dani.

Pero mi buena predisposición se vio acompañada, además, por el hecho de que la película es magnífica. Una historia cercana, reconocible para el espectador, nos va empujando a través de la evolución emocional de sus protagonistas, con sus miedos, sus deseos, sus frustraciones, sus bajezas, su perplejidad y su amor, emociones con las que se tienen que enfrentar a algunas barreras (las de la vida) a veces reales, a veces imaginarias.

Los actores, para qué decirlo (me remito otra vez al disclaimer), magníficos. Ponen carne, hueso y piel a esas emociones, a esos sentimientos que a veces en una misma escena te llevan del nudo en la garganta a la carcajada, o viceversa. Chapó por todos. Enhorabuena, gente.


Disclaimer

Antonio de la Torre, “Antonio” en la película (en la foto, con Marta Etura), es uno de mis amigos del alma, sí. Pero eso no quita ni un ápice de veracidad a lo que digo y, si lo quita, me da igual.

Lila Downs

Lila Downs
Por no desentonar con mi despiste habitual, ayer fui a un concierto sin saber a dónde iba. Apenas una hora antes le comentaba a un compañero de trabajo: “voy a ir al concierto de una cantautora australiana”, a lo que él, con sorna, me respondió: “claro, Kylie Minogue“. En fin. Pues ni Kylie Minogue, ni australiana. Vergüenza debería darme no conocer hasta ayer mismo a Lila Downs, pero así es. Ni la había oido nunca, ni había oido hablar de ella: ni tan siquiera a partir de su colaboración en Frida Kahlo.
A mi monumental incultura musical se sumó, primero, el asombro ante la cantidad de gente que un miércoles a las 21.30 horas se había congregado para ver a esta cantante mexicana (de padre cineasta norteamericano y madre cantante mixteca, rezan todos los panegíricos). El Palacio de Congresos de la Castellana estaba hasta arriba. Pero luego la sorpresa fue aún mayor.
Con un arranque suave, sin alharacas, esa mujer menuda y pequeña (al menos eso me parecía desde el anfiteatro) fue desplegando poco a poco su voz prodigiosa, valiéndose para ello de boleros, rancheras, corridos, canciones populares mexicanas pero como distintas, como si le hubieran hecho una relectura actual, muy siglo XXI, y aventado con aires de jazz, de gospel, incluso de hip-hop. Y no sólo no chirrió el invento sino que construyó un emocionante e inolvidable monumento sonoro.
Ni que decir tiene que me oiré todos sus discos (tiene cuatro hasta el momento), y que no me la pienso perder cuando vuelva por España, allá por noviembre según tengo entendido.

La Sexta

La SextaHoy voy al casting del concurso “No sabe, no contesta” de La Sexta. La “culpa” la tiene mi hija, que se empeñó desde hace tiempo en que su padre fuera a algún concurso de televisión. Ella pensaba principalmente en “Alta Tensión”, de La Cuatro, más que nada por si conseguía el coche que se ofrece como máximo premio, porque opina –y con razón- que el que tengo ahora es un tanto vergonzoso.

Pero como para participar en el concurso de La Cuatro la única forma es haciendo de pagatini (llamando a un número de tarificación adicional), yo decidí como que no iba a ir. Mi hija se mostró comprensiva, pero no renunció a su propósito. Como me conoce, me dijo: “¿Por qué no le preguntas a Google por concursos en los que se pueda concursar sin pagar?”.
Claro, ella sabía que tocaba en punto sensible. ¿No iba a ser yo capaz de encontrar alguna forma de inscribirme en algún concurso sin tener que pagar por ello? Así que dicho y hecho, y Google mediante encontré rápidamente anuncios en foros en los que se solicitaban concursantes.
Luego, todo hilado: les escribí, me llamaron, quedamos para hoy y hasta aquí puedo contar. Eso sí, no voy solo, puesto que dos compañeros de trabajo a los que les comenté el asunto se han apuntado. Promete ser divertido. Ya iré contando…


Actualización
Ya fui al casting junto con mis compañeros de trabajo, a los que me referiré a partir de aquí como D y F. Tal y como todo transcurrió, más parecía que íbamos a participar en El rival más débil. Me explico. Yo, tan despistado como siempre, no tenía ni idea de cómo ir a Globomedia (que es donde se hacía el casting), así que confié en el buen hacer de D, persona ordenada y puntillosa que se había impreso un mapa con todo lujo de detalle con el itinerario a seguir.
Así que salimos todos juntos de la oficina. D iba delante en su coche, y F me acompañaba de copiloto. Todo fue bien por la M-40, pero justo cuando llegamos al edificio de Tele 5, D se desvió hacia el interior del Polígono industrial y comenzó a dar vueltas por las calles angostas a una velocidad cada vez más imprudente. Poco a poco me iba sacando metros, y me costaba mis sudores mantener su coche a la vista mientras la caja de cambios de mi coche iba echando humo.
Finalmente, tras meterse contramano, hacer un giro de 180º e interponer entre nosotros un autobús, consiguió perdernos de vista.
Todo indicaba que éramos los rivales más débiles. Al casting sólo iba a ir él. Un tanto abatidos, dimos aún un par de vueltas de reconocimiento por el Polígono hasta que, milagrosamente, un taxista que debió percibir nuestra contrariedad nos preguntó si buscábamos algo. “Sí”, le dijimos, y el buen hombre nos indicó a las mil maravillas el camino hacia Globomedia.
Cuando llegamos, D tenía una risita nerviosa pegada a la cara. “Pensé que me habíais dejado tirados, chicos, porque miré por el retrovisor y no os vi”. Tuve que contener a F para que no descargara su ira contra nuestro compañero poco amante del juego limpio.
Inmediatamente D se levantó de un salto (yo creí que iba a huir) y saludó a un tipo que salía. “Es un conocido que trabaja aquí, qué casualidad, la única persona que conozco y me la encuentro”. Pero no bien dijo esto, salían cuatro chicas y también las saludó. A F y a mi se nos empezaba a poner cara de imbéciles (¿sería una bromita pesada televisiva…?).
Al final, dos de las chicas (ambas muy guapas, pero una de ellas, Rita, tan espectacular que quitaba el hipo) eran las que hacían el casting, y nos hicieron pasar a los tres a la vez.
“Muy simpática tu chica”, le dicen a D. O sea, que una de ellas era la novia de nuestro compañero, que por supuesto ni nos había dicho nada ni nos la presentó. Valiente tipo.
Pero bueno. Comienza el casting. Las dos chicas preciosas comienzan a preguntarnos (“¿cuáles son tus virtudes?; ¿coleccionas algo?; ¿de dónde eres…?); también nos hacen una foto (pobre cámara) y nos advierten de que vayamos preparando un chiste o una canción.
¡Un chiste! ¡Una canción! ¡Pero si yo no recuerdo ni lo uno ni lo otro! ¡Jamás!
En fin. Se nota la tensión. Al final, D, que como habrán imaginado es el más preparado de los tres, cuenta una par de chistes de esos de “se sube el telón”, que dice haber inventado él. Seguro. Y yo me lo creo. En cualquier caso, se me vino a la memoria un chiste. Un solo chiste, el único que soy capaz de recordar, también de los de “se sube el telón”. Pero es demasiado bestia. Es ofensivo, machista y desagradable. Pero no me sé otro. Va llegando mi turno. Advierto de que el chiste es brutal. “Da igual…” dicen a coro. Pues vale, lo cuento:

“Se abre el telón y aparece [aquí un personaje público cuyo nombre omito] metiéndose un lebrillo en el coño… ¿cómo se llama la película?” (silencio sepulcral)…. “El DIU de la bestia…”,

concluyo, y tras unos segundos tensos, espesos, al final estallan las carcajadas, más fuertes que nunca. Uffff…. qué mal rato.
Al final, resulta que lo del chiste no era obligatorio, era sólo para ver si no íbamos a vernos atenazados por la timidez, que es algo que no pueden correr el riesgo ante las cámaras. De hecho, F no contó ninguno. Ni cantó. El muy ladino… Al final, cuando salimos, D no tuvo más remedio que presentarnos a su novia y a la amiga. Estas comentan: “Pues ¿sabéis a quién hemos visto?… a [aquí el personaje público del chiste]”. Tierra, trágame (menos mal que, poco después, me esperaba una grata sorpresa: Lila Downs).

Conducción temeraria

Conducción Temeraria
Alcalá de Guadaira, mi pueblo, ha sido noticia este fin de semana por un hecho tan chusco como llamativo: el delegado de Hacienda del Ayuntamiento, Ángel Martínez Alfaro, ha tenido que dimitir al descubrirse que llevaba años conduciendo sin estar en posesión del carnet de conducir (vía El blog de Alcalá de Guadaira).

Lo llamativo del caso ha hecho que trascienda con mucho al ámbito municipal: resulta que el encargado de cobrar (a veces por vía ejecutiva) las multas de tráfico incumplía él mismo de forma flagrante la legislación, y llevaba años conduciendo sin carnet. Por supuesto, el cachondeo está servido en el pueblo. Incluso hay quien ha recordado (en el foro de e-Alcalá) que recientemente Alcalá fue sede de los cursos y pruebas de Técnica de Conducción Temeraria organizados por las Autoescuelas de Sevilla. Ahora -dicen con guasa- todo se explica.
Bromas aparte, lo cierto es que nunca me hubiera imaginado esto. Yo conozco a Ángel y, pese a las diferencias que pudiera haber entre nosotros, siempre me había parecido un tipo sensato y trabajador. Lo de trabajador lo sigo manteniendo, pero sensato a la vista está que no lo es. No alcanzo a imaginar qué es lo que le ha llevado a una conducta tan irresponsable, que si en un particular es digna de censura (y de sanción), en un cargo público sencillamente no tiene nombre.
Lo que ha conseguido, aparte de regocijar a sus enemigos -que no son pocos- es echar por tierra el esfuerzo de años en intentar enderezar un poco la imagen de Alcalá. Ha bastado un e-mail a varios medios de comunicación para que Alcalá tenga en sólo unos días más relevancia en los medios, y de forma negativa, de lo que haya conseguido el equipo de Gobierno en todo su mandato con costosas campañas de imagen.

El gimnasio

Fitness FirstUno siempre ha tenido gusto por la vida sana y natural. Siempre he sido partidario de las dietas equilibradas, las bebidas naturales y, por supuesto, el ejercicio físico.

Por coherencia, llega un momento en el que uno (allá por 2001) piensa en apuntarse en un gimnasio. Y busca uno que quede cerca de casa, sin reparar en que su precio sea excesivo, ni que esté ubicado en un sótano insalubre en el que, para colmo, se pueden incluso incendiar los vestíbulos (como el año pasado), donde el agua caliente se escatime en las horas de mediana asistencia y donde, en fin, uno no sea más que un número, un pagatini y un pringao. O sea, lo normal.
Ese gimnasio se llama Fitness First. No es que sean más estafadores que otros, no; ni que descuiden al cliente más de lo habitual. En realidad, lo que pasa es que soy muy susceptible. Ya verán, les cuento.
Hace poco cambié de vida, y cuando uno cambia de vida cambia, obviamente, de cuenta bancaria. Eso me pasó a mi y, llevado por un irresistible impulso de cliente cumplidor, me dirigí al Fitness First de mi barrio. Dije que cambiaran la situación de mi suscripción, recogiendo mi nueva cuenta bancaria y, por supuesto, respetando las condiciones pactadas.
En ese momento me dijeron que no había ningún problema, y que en cualquier caso, si lo hubiera, me llamarían al teléfono móvil (que ya tenían en mi ficha, pero que les recordé para la ocasión). Para mi sorpresa, en cambio, el cargo que llegó a mi cuenta era muy superior a la cuota pactada. Yo la devolví, comentando mi disconformidad con la cuota, y volví a pasarme por el gimnasio, donde comenté la situación.
De nuevo me dijeron que no me preocupase, que solucionarían el equívoco. Pero ¿lo solucionaron?
¡No! No sólo no solucionaron nada, ni me llamaron, sino que, ante mi estupor, se puso en contacto conmigo una empresa llamada Intrum Justitia. Me enviaron un SMS (¿incumplió Fitness First la Ley Orgánica de Protección de Datos?) en el que me pedían que me pusiera en contacto con ellos. Llamé, y una mujer que parecía una mala réplica de la presentadora El Rival más Débil me abroncó telefónicamente porque no había pagado una supuesta deuda (yo no tenía ni idea de lo que me estaba hablando), y, finalmente, me obligó a colgar o a generarme una úlcera cuando empezó con aquello de “percibo que usted no está colaborando…”.
Y hasta ahora. Hoy volveré a hablar con la gente del Fitness First de mi barrio, para agradecerles el trato que como cliente fiel (si no era el más antiguo de sus clientes, poco me faltaba) me han dado, y para comunicarles que, pase lo que pase, nunca dejaré de estarles agradecido por la confianza y el trato humano y cercano que han demostrado conmigo.

Extremoduro y la plancha

Extremoduro
Hoy es domingo, y eso en mi jerga particular quiere decir que toca plancha. Bueno, toca plancha teóricamente, porque al menos hace dos domingos que no plancho y lo mío es un sinvivir en mi cada mañana, en busca de alguna camisa planchada o en su defecto la que menos trabas presenta a la hora de planchar.

Hoy en cambio me he aplicado y al menos han caído 14 camisas. Todo gracias a una gran dosis de paciencia, un nuevo líquido que facilita el planchado y -sobre todo- a que en el equipo de música estuvo sonando Agila, ¿Dónde están mis amigos? y Canciones Prohibidas. Extremoduro, lo he comprobado, es el acompañante ideal para una mañana dominical de plancha. Sus versos (los de Robe Iniesta) se adaptan perfectamente a las pasadas necesarias para las mangas, sus acordes (y discordes) son el toque perfecto para la arruga rebelde. El ritmo es el apropiado para dejar una camisa impecable en menos de lo que dura una canción.
Tan convencido estoy de lo que digo, que probablemente me ponga en contacto con Nuria Barba Aragón, que dice ser de la Universidad de Murcia, para sugerirle una modificación en su Análisis sociolingüístico de las letras de las canciones del grupo musical Extremoduro. Mi modesta aportación es que, además de dar por sentado que el público de Extremoduro está compuesto por sujetos “incultos, delincuentes, mendigos, marginados e inadaptados socialmente”, podría incluir en esta clasificación (que se me antoja apresurada y quizá prejuiciosa) una categoría más: “papás solteros que planchan en la mañana del domingo”. De nada.

El castillo

El castillo ese que se ve en la cabecera de m4rt1n.com no es una kasbah o alcazaba, no… es el castillo de mi pueblo, Alcalá de Guadaira.
Lo digo porque me lo han preguntado, vaya.
Y es curioso, porque mi cara está sacada de una foto en la que estoy frente a la kasbah de Ouarzazate, en mi último viaje a Marruecos.
El castillo de mi pueblo (así le hemos llamado siempre, aunque parece ahora que es más bien alcázar, que es lo mismo, pero en árabe) dotaba de gran belleza a la entrada del pueblo por la antigua carretera de Sevilla. Aunque ahora (hace tiempo que no voy por allí) puede que hasta eso se vaya al traste: están construyendo un puente en forma de dragón (sí, como lo leen) que a más de uno le hará pensar que se equivocó de carretera secundaria y acabó en Shangai. O peor, en un polígono industrial de Fuenlabrada.


NOTA: en la cabecera del blog había una imagen del castillo de Alcalá de Guadaira como esta:
Castillo de Alcalá

m4rt1n versus martinalia

Yo pretendía hacer una versión 2.0 de martinalia.com, pero parece que me ha dado la vena “geek” y, como de casualidad, me encontré con que el dominio m4rt1n.com estaba libre. Así que martinalia.com se queda de momento como estaba (o sea, más parada que el bigote de Aznar), y más que una nueva versión de algo que ya no me apetecía, me encuentro de repente con un dominio nuevo, to moderno con sus numeritos en vez de las vocales, un diseño nuevo y ganas de no repetirme en la medida de lo posible.

La verdad es que es un poco curioso y serendípico todo esto. Porque ya en el Pleistoceno Medio se me había ocurrido la idea de registrar el dominio con mi nombre, martin.com, pero claro, ya se me habían adelantado. Un norteamericano de San Diego, Jim Martin, había registrado el dominio y lo dedicaba a su empresa de desarrollo multimedia. Aún se puede ver cómo era martin.com en aquel entonces.
Durante un tiempo estuvo en venta (a mi ni se me ocurrió preguntar el precio, siempre he andado muy tieso), y ahora pertenece a una empresa danesa que se dedica a fabricar luces controladas por ordenador (para espectáculos).
También miré martinmoreno.com, pero tampoco tuve suerte. El dominio pertenece a un cómico norteamericano de ascendencia hispana.
Visto que se me cerraban todas las puertas (en aquel entonces conseguir el dominio .es para un particular era imposible), lo dejé estar algún tiempo hasta que ese impulso irrefrenable que anidaba en mí, esa necesidad acuciante de ser el dueño y señor de un dominio (valga la redundancia) supuró por donde menos se esperaba, y un buen día, como sin pensarlo, registré a mi nombre martinalia.com.
“Martinalia”. Así, con el sufijo -alia de añadido. Yo no sabía (la verdad es que sigo sin saberlo) qué coño significa el sufijo -alia1, pero en aquel entonces estaba muy en la onda, casi tanto como ahora los numeritos-que-sustituyen-vocales-y-son-muy-geek.
Así he estado todo este tiempo, hasta que al final me he aburrido. Yo he cambiado, o el mundo ha cambiado, no sé, el caso es que ya no me apetece aquello. Y así estaba, ronda que te ronda la idea de hacer algo distinto, cuando una puñetera casualidad (un compañero de trabajo utilizó la jerga geek para la clave de un certificado) hizo que me preguntase: “Martín… ¿y si tu nombre geek está aún disponible como dominio?” Y todo fue teclear m4rt1n.com, ver que estaba libre, y registrarlo. Milagroso me parece que no haya ningún geek llamado o apellidado Martin que se me haya adelantado, pero ya no tiene vuelta de hoja. Es mío. Mi tesoro: m4rt1n.com. Hala.


[1] Tanto el sufijo -alia como el sufijo -ilia, en latín, son los que se utilizaban comúnmente para transmitir la idea de “conjunto” o “conjunto de cosas relativas a”.

Hemos vuelto

La verdad es que había abandonado martinalia.com porque se había convertido en algo pesado, agotador y nada divertido. Demasiado parecido a un matrimonio, vaya. Y como uno ya no está en edad de andar perdiendo el tiempo, me dije: “anda, Martín, déjate de pavadas y dedícate a lo que te gusta de verdad”. O sea, a la cerveza. Me he estado dedicando con ahinco a la cerveza todo este tiempo. Tanto, tanto, que mi cintura y mi bolsillo se han visto afectados. Ya me sabe hasta amarga. Así que me he dicho: “Martín… por qué no retomas eso del blog?” Y aquí estamos de nuevo.

No sé si en este caso será de aplicación eso de que segundas partes nunca son buenas, pero en cualquier caso me da igual. Y es que no se trata en realidad de volver-volver, porque en esta nueva reencarnación hemos cambiado desde la piel hasta los huesos. Nuestro esqueleto ya no es SPIP, sino su primo Dotclear, que es mucho más ligero y como blogueril.
También nos hemos quitado el corsé “Gestión de Contenidos”, porque ya no nos pone el punto de vista especializado y profesional, y lo que de verdad nos apetece es contar todo aquello que se nos cruce por el magín. Así que aquí estamos de nuevo otra vez. Bien hallados.