La inmortalidad era esto…

Isaac Asimov Leo en Deakialli la predicción que un científico de la “unidad de futurología” (no sabía yo que existían estas cosas) de Bristish Telecom hace sobre la posibilidad de realizar una especie de “backup” de la mente humana. La noticia procede del Guardian Unlimited, donde se lanzan una serie de predicciones sobre los posibles avances tecnológicos en los próximos 45 años.
Se prevé, entre otras cosas, un superordenador con conciencia propia que estará disponible más o menos sobre 2020, el mismo año en el que podremos disponer de mundos virtuales prácticamente indistinguibles del mundo real, pero, desde luego, la predicción que se lleva la palma es la de que la gente más joven en la actualidad probablemente nunca morirá: habrán alcanzado la inmortalidad gracias al “backup cerebral”.

Ian Pearson (que así se llama el “científico futurólogo”) asegura que la tecnología necesaria estará disponible sobre mediados de siglo. Pero en este, como en todos los demás asuntos, habrá diferencia entre ricos y pobres: serán primero los ricos los que alcancen la inmortalidad volcando su mente en un disco duro, y los que son más pobres no tendrán la misma oportunidad hasta 2070 o 2080, cuando la tecnología se generalice.
Sin dudar de la competencia del “futurólogo” de BT, yo creo que hay tantos motivos para pensar que esto podrá ser así como para pensar todo lo contrario. Históricamente, las predicciones sobre descubrimientos o avances científicos suelen estar errados, porque están demasiado determinados por la sociedad en que se emiten como para captar el verdadero rumbo que los acontecimientos van a tomar. Hace sólo unas décadas, la visión futurista sobre los días que estamos viviendo abundaban sobre escenarios espaciales: en efecto, la conquista y colonización del espacio (y también la robótica) parecía que iban a determinar la evolución tecnológica de la humanidad. En cambio, en la realidad la carrera espacial ha estado mucho tiempo detenida y la colonización del espacio no se nos antoja imposible, pero sí muy lejana. Y una tecnología que nadie había previsto (Internet) está cambiando radicalmente nuestra vida cotidiana.
Pero sí es verdad que Ian Pearson ha tocado uno de los “grandes temas”: la inmortalidad. Yo no sé si será algún día técnicamente posible, pero seguro que si hay alguna posibilidad se aprovechará. Ahora, no estoy seguro de hasta que punto volcar la memoria de un individuo en un disco duro equivale a la inmortalidad. Ya Isaac Asimov especuló en su trilogía sobre La Fundación con un organismo de índole planetario (Gaia) que de alguna manera almacenaba la memoria común, desde luego en los organismos superiores, pero también en la materia inerte. Es decir, que todo el planeta era como una especia de gigantesco disco duro, que guardaba la información (la memoria) un poco en todos lados: en los seres humanos, en los pájaros, en las nubes, en los macizos rocosos…
Con la visión de Asimov, realmente la inmortalidad no le corresponde a los individuos (que sí mueren), sino al conjunto orgánico que es el planeta. Una visión más individualista, que contemple sólo la preservación de la memoria de un individuo, también plantea sus problemas. Supongamos que podemos guardar nuestro “software” (nuestros recuerdos). ¿En qué “hardware” (cuerpo) lo haremos correr? Y, si no somos nosotros los que disfrutamos de nuestro software, sino otros seres humanos, entonces no se podría hablar de inmortalidad del individuo. La memoria sería inmortal a la manera en que son inmortales los genes, pero los individuos serían igualmente mortales.
Además, cuando se accediese a uno de esos “bancos de memoria”, no se estaría en ningún modo reviviendo la experiencia. Los recuerdos se construyen en gran medida, al igual que lo observado se construye en gran medida con nuestra mirada. El mundo no viene hacia nosotros, sino que somos nosotros, actuando, los que tenemos que hacernos con el mundo (aprehenderlo). Con la memoria prestada pasaría lo mismo. Aún en el caso de que nos implantasen la “memoria” de otro, inmediatamente la reinterpretaríamos en función de nuestra personalidad, o sencillamente no la asimilaríamos. En realidad siempre hacemos lo mismo: el mundo, o lo hacemos nuestro, o lo rechazamos.

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