Menos mal que nos quedan las bibliotecarias

ann sparaneseEn el anterior comentario me hacía eco de la polémica (un poco aburrida ya) existente dentro del gremio periodístico sobre si los Blogs, y los medios digitales en general, son o no son periodismo. La polémica no sólo es aburrida, sino absurda: no todo lo que se publica en papel o lo que se emite por radio o televisión es periodismo, ¿no? ¿Por qué Internet iba a ser diferente?

Está claro que dentro de Internet hay contenidos informativos y contenidos que no lo son (la gran mayoría, como en los demás soportes). Así que más valdría centrar la atención en la calidad de los contenidos informativos que están a nuestra disposición, sea cual sea su soporte.

En EEUU, por ejemplo, ya sabemos la credibilidad que tienen los medios de comunicación: casi ninguna (el 60% del público no cree lo que dicen los medios), pero me temo que en España, aunque no dispongo de encuestas para enlazar, el dato puede ser aún peor.

Calentito está el asunto de Fraga y sus generosas “ayudas económicas a los medios de comunicación” , para lograr, según sus propias palabras, que no muera la prensa gallega. Qué pena que tan loable propósito coincida con la campaña electoral en Galicia, lo que da alas a los malpensados de siempre. ¿No?

Autoridad moral

Así que, entre escándalos, modelos de negocio a veces ruinosos y pérdida generalizada de credibilidad, la prensa tradicional no presenta precisamente un buen bagaje para enfrentarse (o al menos para enfrentarse con autoridad moral) contra la amenza que, según dicen, supone la prensa digital.

Ni siquiera nos sirven ya como último bastión de la información rigurosa, el amor por la verdad y la objetividad a prueba de bomba. No. Estos son valores que tienen poco que ver con la situación mediática actual, impresa o digital, y que, si alguien quiere buscarlos, probablemente tenga que irse a buscarlos a un refugio quizá insospechado: las bibliotecas.

Y si no, que le pregunten a Michael Moore, hoy santón intocable de la “izquierda” [1] norteamericana, pero que no hace tanto tiempo estuvo en un tris de no poder publicar su libro “Stupid White Men”. Con su humor y desparpajo habitual, Moore cuenta en el prólogo del libro cómo tuvo que luchar contra una campaña de censura que estuvo a punto de dejar los 50 mil ejemplares de la primera edición de su libro en un polvoriento depósito de su editorial.

La bibliotecaria subversiva

Pero, sin saberlo él, entre el público de una charla que dió se hallaba una bibliotecaria llamada Ann Sparanese que a buen seguro que se ha convertido ya en todo un mito dentro de su profesión (y “Santa Matrona de la Libertad de Expresión”, de aquí a poco). Esta mujer escribió una carta a sus amigos bibliotecarios en la que les contaba lo que la editorial de Moore planeaba hacer. Ann Sparanese pidió a todo el mundo que exigiera a la editorial que pusiera a la venta el libro de Michael Moore. Y eso es lo que cientos y luego miles de ciudadanos hicieron. El resto de la historia ya es archiconocido: la presión de los ciudadanos, encabezados por esta vanguardia bibliotecaria, fue tan irresistible que obligó a la editorial a poner a la venta “Stupid White Men”, que se convirtió de la noche a la mañana en un superéxito de ventas, un fenómeno político-editorial-mediático sin parangón hasta entonces en los EEUU.

Un bonito gesto, minúsculo en apariencia, que, al estilo de Rosa Parks cuando con su actitud dio origen al Movimiento por los Derechos Civiles, acabó cambiando el mundo para mejor.

[1] Hay que tener cuidado y entrecomillar, porque en política los mismos términos no significan ni mucho menos lo mismo en Europa que en EEUU

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