El rencor como motor del progreso

El hombre más rico del mundoAunque la historia no se repita, hace a veces unos extraños requiebros que trastocan los papeles que a cada uno supuestamente le había tocado jugar. Y uno de estos extraños requiebros lo protagoniza el movimiento del software libre, que no sólo es una postura ante la tecnología, sino toda una forma de entender la vida que se está convirtiendo en uno de los protagonistas indiscutibles de nuestros tiempos.

Los programas informáticos, el software, no ha sido siempre un “producto”, ni mucho menos. De hecho, hasta los años 70 del siglo pasado a nadie se le hubiera ocurrido comercializar software, hubiera sido considerado un loco. Los programas informáticos se desarrollaban y compartían más o menos libremente en los entornos perfectamente delimitados de los departamentos universitarios, los departamentos de desarrollo de algunas empresas tecnológicas (IBM, por supuesto) y algunas contadas instituciones públicas.

No se consideraba una mercancía, desde luego. En cambio, desde que en 1969 IBM comenzara a comercializar el hardware y el software por separado como consecuencia de un juicio anti-monopolio, el software entró de lleno en el mundo del mercado. Digamos que se abrió la caja de Pandora. Tanto, que al cabo del tiempo el sistema operativo de Microsoft, que toda la comunidad académica considera cuando menos mediocre, ha ocupado una posición de monopolio a nivel mundial que ha convertido a su propietario en la mayor fortuna del mundo.

Esta monetarización del software no cayó bien a todo el mundo. De hecho, cayó bastante mal. ¿Cómo es posible -se preguntaban muchos programadores- que unos chapuceros como éstos triunfen de esta manera tan apabullante, dominen todo el mercado y estén a punto de acabar con nuestro tradicional sistema de trabajo, basado en la cooperación y en la confianza mutua?

Este resentimiento hacia Microsoft, que hizo un brillante marketing sobre un producto manifiestamente defectuoso, ha servido a la postre de motor del progreso. El movimiento del software libre se fundó sobre las bases del sistema de producción antiguo, el basado en las comunidades académicas que compartían desinteresadamente su conocimiento. Y este sustrato ideológico, combinado con el nuevo potencial colaborativo que ofrece Internet, es el que amenaza ahora con tumbar al gigante.

Acorralado

Y es que Microsoft a veces recuerda a un oso que se defiende contra una jauría de perros. Es infinitamente más fuerte que cada uno de sus enemigos, pero la acción coordinada de todos ellos le van arrebatando, mordisco a mordisco, su vitalidad, y de seguir así, acabará arrumbado pese a su fortaleza.

Todo este proceso, por supuesto, está lleno de paradojas, y aún no se sabe muy bien cómo acabará la cosa. Podemos ver, por un lado, a sectores ultraliberales que defienden a capa y espada al software libre, que lo que pretende es limitar el campo de acción del mercado, al menos en cuanto al software se refiere. Pero es que, en sentido contrario, alrededor del movimiento del sofware libre (“free”, que es tanto libre como gratuito) se han agrupado casi todas las empresas que fueron derrotadas en su día por Microsoft (la propia IBM, Corel, Sun…) pero, eso sí, en una versión más moderada: el movimiento “Open Source”, que comparte la filosofía de código abierto y trabajo colaborativo, pero, se guarda algunos derechos sobre su producto (podría cobrar por él en cualquier momento) y, fundamentalmente, se mueve en pos de un modelo de negocio rentable.

Los elementos antiguos y la más radical novedad se mezclan sin cesar el actual panorama, que es bastante fluido y cambiante, y el impulso del cambio es por supuesto el lucro, pero también la simple curiosidad intelectual, la necesidad de reconocimiento o, para qué ignorarlo, el resentimiento ante los que, sin ser mejores [1], han sabido venderse mejor. Hasta hacerse multimillonarios.

[1] Programadores, se entiende

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