No toques a mi amigo

No toques a mi amigoTras el asesinato de un joven español de 17 años a manos de un joven de origen dominicano el pasado 2 de mayo en el distrito madrileño de Villaverde, se han vivido en este barrio ataques racistas a personas (hay cuatro heridos) y propiedades (al menos, que yo sepa, un locutorio), en los que han participado, además de algunos vecinos, bandas organizadas procedentes de otras partes de Madrid.

Como viene siendo habitual en estas dramáticas circunstancias, el sentido común (y la altura moral) lo ponen precisamente las víctimas: han sido los padres del chico asesinado los que han denunciado que “hay grupos que se están aprovechando del caso para avivar el racismo”.

Por desgracia, no creo que este espectacular ejemplo de cordura vaya a extenderse, sino que más bien la tendencia es la contraria, es decir, al aumento del dogmatismo y la cerrazón. Y es que en Madrid no somos diferentes al resto del mundo, y basta con mirar lo que sucedió o está sucediendo en otras partes para comprender poco más o menos lo que nos espera.

Yo recuerdo mi primer viaje a Francia, a mediados de los 80. Fueron muchas las cosas que me fascinaron, pero entre todas destaca la impresión que me causó París. O, para ser más exacto, la cantidad de negros, y también latinoamericanos, que había en París. Yo al único negro que había visto hasta entonces, y en televisión, era a Antonio Machín.

También me llamó la atención un pin que llevaban prendidos casi todos los jóvenes de mi edad, que mostraba una mano abierta y donde se leía: “ne touche pas mon pote” (“no toques a mi colega”). Se estaba entonces en plena lucha por los derechos civiles y la dignidad de los inmigrantes, en un momento en el que el gobierno trataba de recortarlos (la entonces famosa “ley Pasqua”). No sólo era una lucha por los inmigrantes, sino también por las instituciones y las leyes republicanas (que en Francia es lo mismo que decir por la esencia de la Nación), que consagraban los derechos individuales y se basaban en el “ius solis” (o sea, y simplificando mucho, que todo el que nace y vive en Francia es francés, provenga de donde provenga).

Agua de borrajas

Esa lucha quedó en agua de borrajas. La evolución de la inmigración (hasta llegar a unos 8 millones de ciudadanos de origen extranjero) y el declive de la economía acabaron por reventar el corsé de las estructuras republicanas, y llevaron al crecimiento espectacular de la extrema derecha xenófoba, que ha acaparado todo el voto obrero que antiguamente recibía el Partido Comunista Francés. Hoy la inmigración es un tema central de la política francesa, y pocos, si es que alguno, lo aborda desde el punto de vista de los derechos individuales.

Y es que, aunque es verdad que la inmigración beneficia en términos absolutos al país receptor (aporta mano de obra barata, rejuvenece la población, atrae generalmente a los sectores más dinámicos de los países en desarrollo, etc), también es cierto que crea una capa social de perjudicados: precisamente los más humildes, que de repente ven cómo pierden acceso a determinados trabajos (los peor remunerados, que copan los inmigrantes) y también cómo pierden determinadas prestaciones sociales (acceso a la vivienda, subsidios, etc), que también pasan a copar (o al menos esa percepción se tiene) los inmigrantes. La sanidad pública y las infraestructuras públicas ciudadanas (parques, polideportivos, etc) también son ocupados sobre todo por inmigrantes (lógicamente, al ser la población con menos recursos).

Y todo esto los sectores más humildes de la sociedad lo viven como una agresión personal, como una “invasión”. Si a eso le juntamos el choque cultural, cierto en algunas ocasiones (el inmigrante siempre parece más gritón, pendenciero y borracho), el conflicto está servido.

Hagámonos pobres

Desgraciadamente, por tanto, creo que habrá más conflictos, y de una escala mayor de lo que hasta ahora hemos visto. La única solución absoluta al problema es, por supuesto, una absoluta estupidez: hagámonos pobres, y así nadie querrá venir como inmigrante. Nadie quería venir a la España yerma de la posguerra, a la España autárquica y catequista de la dictadura. Luego, poco a poco, convertimos nuestro sol en industria, y posteriormente supimos administrar sabiamente el ingreso en la CEE y las ayudas que ello nos deparó para convertirnos en un país próspero. Ahora que lo somos, necesitamos camareros, albañiles, agricultores, servicio doméstico… un sinfín de mano de obra poco remunerada. Pero eso sí (¡viva la coherencia!) no queremos inmigrantes.

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