II Encuesta para bloggers y lectores de blogs

blogosferaYa está comentado hasta la saciedad en otros blogs, pero, igual que el año pasado, me parece interesante reseñar esta iniciativa de tintachina y blogpocket, que han lanzado la segunda Encuesta a Webloggers y lectores de bitácoras.

Los impulsores de la encuesta señalan que hay pocos cambios en las preguntas y respuestas con respecto al año pasado, que siguen sin sorteos ni sponsors, y con la misma idea de dejar accesibles los datos para que cualquier interesado pueda extraer conclusiones de su análisis.

Igual que el año pasado, la encuesta divide la muestra en dos universos distintos: los lectores de bitácoras y los creadores de bitácoras. Se solicitan respuestas que, tratadas estadísticamente, pueden resultar interesantes: bitácoras recientemente visitadas, el tipo de bitácora que se visita, los idiomas en que se leen, frecuencia de consulta, nivel de interacción, etcétera. Este año la gran novedad es que publicarán los datos en XML para que quien lo desee los distribuya, analice, extraiga sus conclusiones y las publique. Adjuntarán también un mini manual para quien necesite ayuda.

Para participar:

La inmortalidad era esto…

Isaac Asimov Leo en Deakialli la predicción que un científico de la “unidad de futurología” (no sabía yo que existían estas cosas) de Bristish Telecom hace sobre la posibilidad de realizar una especie de “backup” de la mente humana. La noticia procede del Guardian Unlimited, donde se lanzan una serie de predicciones sobre los posibles avances tecnológicos en los próximos 45 años.
Se prevé, entre otras cosas, un superordenador con conciencia propia que estará disponible más o menos sobre 2020, el mismo año en el que podremos disponer de mundos virtuales prácticamente indistinguibles del mundo real, pero, desde luego, la predicción que se lleva la palma es la de que la gente más joven en la actualidad probablemente nunca morirá: habrán alcanzado la inmortalidad gracias al “backup cerebral”.

Ian Pearson (que así se llama el “científico futurólogo”) asegura que la tecnología necesaria estará disponible sobre mediados de siglo. Pero en este, como en todos los demás asuntos, habrá diferencia entre ricos y pobres: serán primero los ricos los que alcancen la inmortalidad volcando su mente en un disco duro, y los que son más pobres no tendrán la misma oportunidad hasta 2070 o 2080, cuando la tecnología se generalice.
Sin dudar de la competencia del “futurólogo” de BT, yo creo que hay tantos motivos para pensar que esto podrá ser así como para pensar todo lo contrario. Históricamente, las predicciones sobre descubrimientos o avances científicos suelen estar errados, porque están demasiado determinados por la sociedad en que se emiten como para captar el verdadero rumbo que los acontecimientos van a tomar. Hace sólo unas décadas, la visión futurista sobre los días que estamos viviendo abundaban sobre escenarios espaciales: en efecto, la conquista y colonización del espacio (y también la robótica) parecía que iban a determinar la evolución tecnológica de la humanidad. En cambio, en la realidad la carrera espacial ha estado mucho tiempo detenida y la colonización del espacio no se nos antoja imposible, pero sí muy lejana. Y una tecnología que nadie había previsto (Internet) está cambiando radicalmente nuestra vida cotidiana.
Pero sí es verdad que Ian Pearson ha tocado uno de los “grandes temas”: la inmortalidad. Yo no sé si será algún día técnicamente posible, pero seguro que si hay alguna posibilidad se aprovechará. Ahora, no estoy seguro de hasta que punto volcar la memoria de un individuo en un disco duro equivale a la inmortalidad. Ya Isaac Asimov especuló en su trilogía sobre La Fundación con un organismo de índole planetario (Gaia) que de alguna manera almacenaba la memoria común, desde luego en los organismos superiores, pero también en la materia inerte. Es decir, que todo el planeta era como una especia de gigantesco disco duro, que guardaba la información (la memoria) un poco en todos lados: en los seres humanos, en los pájaros, en las nubes, en los macizos rocosos…
Con la visión de Asimov, realmente la inmortalidad no le corresponde a los individuos (que sí mueren), sino al conjunto orgánico que es el planeta. Una visión más individualista, que contemple sólo la preservación de la memoria de un individuo, también plantea sus problemas. Supongamos que podemos guardar nuestro “software” (nuestros recuerdos). ¿En qué “hardware” (cuerpo) lo haremos correr? Y, si no somos nosotros los que disfrutamos de nuestro software, sino otros seres humanos, entonces no se podría hablar de inmortalidad del individuo. La memoria sería inmortal a la manera en que son inmortales los genes, pero los individuos serían igualmente mortales.
Además, cuando se accediese a uno de esos “bancos de memoria”, no se estaría en ningún modo reviviendo la experiencia. Los recuerdos se construyen en gran medida, al igual que lo observado se construye en gran medida con nuestra mirada. El mundo no viene hacia nosotros, sino que somos nosotros, actuando, los que tenemos que hacernos con el mundo (aprehenderlo). Con la memoria prestada pasaría lo mismo. Aún en el caso de que nos implantasen la “memoria” de otro, inmediatamente la reinterpretaríamos en función de nuestra personalidad, o sencillamente no la asimilaríamos. En realidad siempre hacemos lo mismo: el mundo, o lo hacemos nuestro, o lo rechazamos.

“Cool hunters” y petimetres

petrimetreAunque a veces lo parezca, no sólo son las empresas de consultoría las que tienen que otear ávidamente el horizonte en busca de nuevas tendencias, no. El ser humano se distingue de otros animales por el lenguaje, sí, pero también por su voracidad de novedades. De ahí la fascinación que han ejercido siempre los pueblos transhumantes y los comerciantes, porque no sólo llevaban consigo objetos de valor, sino también información sobre los sucesos acaecidos en lugares lejanos.

Hoy la información está a sólo un clic (y ni eso, porque hay que ser realmente autista para substraerse de la capa de información que nos rodea y permea). Pero eso no disminuye el ansia de novedad. Las empresas se gastan verdaderas fortunas en captar “lo que se va a llevar”. Quien acierte a comprender la tendencia, la moda, los gustos de la temporada, se llevará el gato al agua. Y esto sucede en todos los ámbitos.

Desde el vendedor ambulante que sabe dar con el “complemento de moda” (un tipo de bufanda, un gorro, una pulsera… puede ser cualquier cosa) hasta el programador televisivo que encuentra la fórmula que le garantiza audiencias millonarias, pasando por el vendedor de ropa o calzado, prácticamente toda la economía gira sobre los cambiantes gustos del consumidor.

Si algo es seguro es justamente eso, que las modas son cambiantes, y por tanto, percibir el cambio antes de que se produzca resulta esencial para la buena marcha del negocio. En el mundo de la moda y del calzado deportivo, por ejemplo, las empresas centran buena parte de sus esfuerzos en estudiar los gustos de la población juvenil negra de los barrios neoyorquinos, pero ni en esto somos originales. A fin de cuentas, los actuales “cool hunters” no se diferencian gran cosa de esos criados que las damas enviaban a París para que las mantuvieran al tanto de los gustos refinados y las conversaciones amenas de la capital de la moda: los “petit-metres”. Quizá dentro de algún tiempo, y visto que todo pasa, cuando se hable de una persona vana y pretenciosa, que se deja llevar por las apariencias, se dirá que es un “culjanter”. O sea, un petimetre.

Menos mal que nos quedan las bibliotecarias

ann sparaneseEn el anterior comentario me hacía eco de la polémica (un poco aburrida ya) existente dentro del gremio periodístico sobre si los Blogs, y los medios digitales en general, son o no son periodismo. La polémica no sólo es aburrida, sino absurda: no todo lo que se publica en papel o lo que se emite por radio o televisión es periodismo, ¿no? ¿Por qué Internet iba a ser diferente?

Está claro que dentro de Internet hay contenidos informativos y contenidos que no lo son (la gran mayoría, como en los demás soportes). Así que más valdría centrar la atención en la calidad de los contenidos informativos que están a nuestra disposición, sea cual sea su soporte.

En EEUU, por ejemplo, ya sabemos la credibilidad que tienen los medios de comunicación: casi ninguna (el 60% del público no cree lo que dicen los medios), pero me temo que en España, aunque no dispongo de encuestas para enlazar, el dato puede ser aún peor.

Calentito está el asunto de Fraga y sus generosas “ayudas económicas a los medios de comunicación” , para lograr, según sus propias palabras, que no muera la prensa gallega. Qué pena que tan loable propósito coincida con la campaña electoral en Galicia, lo que da alas a los malpensados de siempre. ¿No?

Autoridad moral

Así que, entre escándalos, modelos de negocio a veces ruinosos y pérdida generalizada de credibilidad, la prensa tradicional no presenta precisamente un buen bagaje para enfrentarse (o al menos para enfrentarse con autoridad moral) contra la amenza que, según dicen, supone la prensa digital.

Ni siquiera nos sirven ya como último bastión de la información rigurosa, el amor por la verdad y la objetividad a prueba de bomba. No. Estos son valores que tienen poco que ver con la situación mediática actual, impresa o digital, y que, si alguien quiere buscarlos, probablemente tenga que irse a buscarlos a un refugio quizá insospechado: las bibliotecas.

Y si no, que le pregunten a Michael Moore, hoy santón intocable de la “izquierda” [1] norteamericana, pero que no hace tanto tiempo estuvo en un tris de no poder publicar su libro “Stupid White Men”. Con su humor y desparpajo habitual, Moore cuenta en el prólogo del libro cómo tuvo que luchar contra una campaña de censura que estuvo a punto de dejar los 50 mil ejemplares de la primera edición de su libro en un polvoriento depósito de su editorial.

La bibliotecaria subversiva

Pero, sin saberlo él, entre el público de una charla que dió se hallaba una bibliotecaria llamada Ann Sparanese que a buen seguro que se ha convertido ya en todo un mito dentro de su profesión (y “Santa Matrona de la Libertad de Expresión”, de aquí a poco). Esta mujer escribió una carta a sus amigos bibliotecarios en la que les contaba lo que la editorial de Moore planeaba hacer. Ann Sparanese pidió a todo el mundo que exigiera a la editorial que pusiera a la venta el libro de Michael Moore. Y eso es lo que cientos y luego miles de ciudadanos hicieron. El resto de la historia ya es archiconocido: la presión de los ciudadanos, encabezados por esta vanguardia bibliotecaria, fue tan irresistible que obligó a la editorial a poner a la venta “Stupid White Men”, que se convirtió de la noche a la mañana en un superéxito de ventas, un fenómeno político-editorial-mediático sin parangón hasta entonces en los EEUU.

Un bonito gesto, minúsculo en apariencia, que, al estilo de Rosa Parks cuando con su actitud dio origen al Movimiento por los Derechos Civiles, acabó cambiando el mundo para mejor.

[1] Hay que tener cuidado y entrecomillar, porque en política los mismos términos no significan ni mucho menos lo mismo en Europa que en EEUU

Bloggers: ¿periodistas o intrusos?

stop-intrusismoEl gremio periodístico ha mirado siempre con indisimulada envidia a colectivos como los médicos, arquitectos o abogados, a todos aquellos sectores profesionales que han conseguido consolidar unas estrictas normas de admisión y en los que la legislación no admite duda sobre lo que es y lo que no es intrusismo.

Así, en España al menos, nadie puede defenderse a sí mismo o a otros en un juicio si no es abogado colegiado; es imposible construir una vivienda sin la firma de un arquitecto, o conseguir una receta sin la debida prescripción médica. Esto puede ser más o menos discutible desde un punto de vista intelectual (“¿por qué no voy a poder defenderme a mí mismo…?”), pero lo cierto es que en la práctica resulta incuestionable.

En cambio, cualquiera puede ejercer como periodista. Poseer o no la titulación en Periodismo no es, ni ha sido nunca, condición ni garantía para el ejercicio de la profesión. Lo único necesario era tener acceso a los medios de difusión.

Y ese acceso, que siempre ha sido más o menos fluido, hoy se ha convertido en prácticamente universal gracias a Internet y a la explosión del fenómeno de los Blogs. Para muchos la situación, que siempre había sido mala, se vuelve ahora intolerable. ¿Qué es eso -dicen- de que cualquiera que tenga un diario personal pretenda ahora ser un periodista?

Suenan todas las alarmas y llega el momento de pasar a la acción. Se presenta en el Congreso de los Diputados una propuesta de “Estatuto del Periodista”, un texto bastante desafortunado (y cuyo trámite parlamentario está siendo semiclandestino, por la poca atención o la sordina que se le está aplicando) que considera periodista a “todo aquel que tiene por ocupación principal y remunerada la obtención, elaboración, tratamiento y difusión por cualquier medio de información de actualidad”. Con esta definición, los verdaderos profesionales de la información de este país (o sea, los becarios), que no suelen ver ni un céntimo de euro por su trabajo, quedarían excluidos del pastel.

De todas formas, da igual. Qué más da que a uno le consideren periodista o no. A efectos prácticos, lo único relevante es que (como pasó en el caso de Apple contra los blogs Thinksecret, Appleinsider y PowerPage) no pueda aplicarse el secreto profesional, es decir, que se esté en la obligación de revelar las fuentes de las informaciones publicadas. Pues vale. No hay ningún problema en que en Internet se apliquen las leyes del común. Muy al contrario, esa es la vía de la normalización. ¿O no?

El rencor como motor del progreso

El hombre más rico del mundoAunque la historia no se repita, hace a veces unos extraños requiebros que trastocan los papeles que a cada uno supuestamente le había tocado jugar. Y uno de estos extraños requiebros lo protagoniza el movimiento del software libre, que no sólo es una postura ante la tecnología, sino toda una forma de entender la vida que se está convirtiendo en uno de los protagonistas indiscutibles de nuestros tiempos.

Los programas informáticos, el software, no ha sido siempre un “producto”, ni mucho menos. De hecho, hasta los años 70 del siglo pasado a nadie se le hubiera ocurrido comercializar software, hubiera sido considerado un loco. Los programas informáticos se desarrollaban y compartían más o menos libremente en los entornos perfectamente delimitados de los departamentos universitarios, los departamentos de desarrollo de algunas empresas tecnológicas (IBM, por supuesto) y algunas contadas instituciones públicas.

No se consideraba una mercancía, desde luego. En cambio, desde que en 1969 IBM comenzara a comercializar el hardware y el software por separado como consecuencia de un juicio anti-monopolio, el software entró de lleno en el mundo del mercado. Digamos que se abrió la caja de Pandora. Tanto, que al cabo del tiempo el sistema operativo de Microsoft, que toda la comunidad académica considera cuando menos mediocre, ha ocupado una posición de monopolio a nivel mundial que ha convertido a su propietario en la mayor fortuna del mundo.

Esta monetarización del software no cayó bien a todo el mundo. De hecho, cayó bastante mal. ¿Cómo es posible -se preguntaban muchos programadores- que unos chapuceros como éstos triunfen de esta manera tan apabullante, dominen todo el mercado y estén a punto de acabar con nuestro tradicional sistema de trabajo, basado en la cooperación y en la confianza mutua?

Este resentimiento hacia Microsoft, que hizo un brillante marketing sobre un producto manifiestamente defectuoso, ha servido a la postre de motor del progreso. El movimiento del software libre se fundó sobre las bases del sistema de producción antiguo, el basado en las comunidades académicas que compartían desinteresadamente su conocimiento. Y este sustrato ideológico, combinado con el nuevo potencial colaborativo que ofrece Internet, es el que amenaza ahora con tumbar al gigante.

Acorralado

Y es que Microsoft a veces recuerda a un oso que se defiende contra una jauría de perros. Es infinitamente más fuerte que cada uno de sus enemigos, pero la acción coordinada de todos ellos le van arrebatando, mordisco a mordisco, su vitalidad, y de seguir así, acabará arrumbado pese a su fortaleza.

Todo este proceso, por supuesto, está lleno de paradojas, y aún no se sabe muy bien cómo acabará la cosa. Podemos ver, por un lado, a sectores ultraliberales que defienden a capa y espada al software libre, que lo que pretende es limitar el campo de acción del mercado, al menos en cuanto al software se refiere. Pero es que, en sentido contrario, alrededor del movimiento del sofware libre (“free”, que es tanto libre como gratuito) se han agrupado casi todas las empresas que fueron derrotadas en su día por Microsoft (la propia IBM, Corel, Sun…) pero, eso sí, en una versión más moderada: el movimiento “Open Source”, que comparte la filosofía de código abierto y trabajo colaborativo, pero, se guarda algunos derechos sobre su producto (podría cobrar por él en cualquier momento) y, fundamentalmente, se mueve en pos de un modelo de negocio rentable.

Los elementos antiguos y la más radical novedad se mezclan sin cesar el actual panorama, que es bastante fluido y cambiante, y el impulso del cambio es por supuesto el lucro, pero también la simple curiosidad intelectual, la necesidad de reconocimiento o, para qué ignorarlo, el resentimiento ante los que, sin ser mejores [1], han sabido venderse mejor. Hasta hacerse multimillonarios.

[1] Programadores, se entiende

Los medios de distorsión

José MontillaA mí que Cocacola patrocine unas Jornadas sobre medios de comunicación me parece bien, aunque tengo que confesar que, por absurdo que parezca, no me infunde seriedad el nombre IV Jornada de Periodismo Coca-Cola. Es que no sé qué será eso de Periodismo-Cocacola: ¿un periodismo gaseoso?¿oscuro y gaseoso? Bueno, rechiflas aparte, creo que hacen bien en fomentar este tipo de jornadas, aunque si tanto les preocupa la comunicación podrían comenzar por remodelar su página web, que utiliza una tecnología propietaria (flash) y no accesible. O sea, que no favorece precisamente la intercomunicación.

El caso es que me han llamado la atención las declaraciones que el Ministro español de Industria ha realizado en estas jornadas. Leo en El País (para qué enlazarlo si, total, es de pago) que José Montilla ha llamado a los periodistas a rechazar los “medios de distorsión” para evitar que “perviertan” la prensa digital y la conviertan en “residual”.

Curiosa y coincidentemente, hace pocos días, a raiz de los sucesos de Villaverde, oí de pasada en un programa radiofónico vespertino (siento no haber retenido el nombre del tertuliano) cómo se hacía una defensa apasionada del control de los contenidos en Internet, porque, según se decía, el anonimato de la red permite la incitación al delito con impunidad. Se hablaba en concreto de la actividad (parece que creciente) de grupos neonazis y xenófobos.

Ahora el ministro Montilla, metido con más o menos éxito a taxónomo, ha diferenciado entre:

  1. El periodismo confidencial (medios que publican supuestas noticias secretas)
  2. El periodismo disperso (los blogs o diarios personales en Internet)
  3. El periodismo digital

Según Montilla, en el primer grupo hay algunos “interesados” que en lugar de informar “distorsionan” la realidad, por lo que hay que “expulsarlos del sistema”. La verdad es que parecen palabras muy gruesas para un ministro. ¿A quién hay que expulsar, y de dónde? ¿De qué “sistema”?

Si lo que quiere decir el ministro, o lo que quería decir el tertuliano, es que en Internet hay energúmenos que mienten, difaman e injurian, pues habrá que contestarles que eso es una obviedad. Hay gente que injuria, difama y miente en papel impreso, en la radio, en la televisión o en el bar de la esquina. Internet no iba a ser distinto. Que la diferencia está en que la radio y la televisión están muy controlados, y que los efectos de lo que se dice en el bar de la esquina son irrelevantes, mientras que Internet no está tan férreamente controlado y lo que en su seno se dice tiene una trascendencia a veces global, pues habrá que decirles que sí, que es verdad.

Puertas al campo

Pero siempre recordándoles que, lejos de perseguir esta realidad, habrá que fomentarla. No es necesario establecer controles extraordinarios sobre los contenidos (¿o es que se quiere volver a la censura previa?) sino aplicar en Internet la legislación vigente en materia de libertad de expresión, por un lado, y de protección del honor y la intimidad, por otro. Y si hay problemas en su aplicación por el carácter mundia de la interred, la solución habrá que buscarla mediante convenios internacionales, y no poniendo puertas al campo.

Con la invención de la imprenta alrededor del año 1450 pasó algo parecido. La aparición de la letra impresa privó a la iglesia del monopolio de la copia manuscrita que detentaba hasta entonces, y que le convertía en referencia única para la cultura occidental. Esta disrupción favoreció la separación de iglesia y Estado, la aparición de una cultura laica y racionalista que finalmente desembocó en el pensamiento científico, la democracia, el Estado social.

En cambio, en aquel entonces, lejos de percibir el cambio que se avecinaba, los reyes del momento (unos más que otros, eso sí) dictaron leyes para monopolizar el uso de la imprenta, e intentaron establecer un férreo control sobre lo que se podía y lo que no se podía publicar. Pero todo fue inútil. Los pasquines impresos (cargados de injurias, de mentiras y difamaciones, sí, pero también de la llama de la libertad política, religiosa y científica) atravesaban las fronteras con pasmosa facilidad. Si un príncipe se excedía en su control, la producción impresa se trasladaba a otro reino o principado, llevando consigo el progreso técnico y científico.

Peligros de la libertad

Lo mismo que en su momento la imprenta fue considerada instrumento del diablo (en realidad se temía su poder de difundir contenidos y, por tanto, para remover la ignorancia y fomentar la libertad), hoy muchos intentan estigmatizar a Internet como jungla sin ley o mar de piratas, causa y origen de todos los males económicos y morales. Pero, frente a tanto agorero, yo me quedo con esta frase de Thomas Jefferson: “Los peligros de la libertad son siempre preferibles a las seguridades de la servidumbre”.


Se me olvidaba decir que las IV Jornadas de Periodismo Cocacola estaban coorganizadas por la Asociación de Periodistas Europeos.

Hamelin

hamelin
Estuve viendo la recién estrenada Hamelin, la obra de Juan Mayorga que representa la compañía Animalario en el teatro La Abadía de Madrid. Lo único que sabía de antemano es que la obra trataba sobre la pederastia, un tema tan terrible y delicado que me hacía temer que el texto pudiera despeñarse en cualquier momento hacia la moralina.
Pero pronto comprobé que era un temor infundado. Unos actores tremendos (todos) y un texto inteligentísimo y brillante hacen que se despliegue ante el espectador, con una absoluta economía de recursos (no hay vestuario, ni iluminación, ni decorado…), una historia terrible, pero que necesitaba ser contada.

Los actores Helena Castañeda, Blanca Portillo, Javier Gutiérrez, Alberto San Juan, Guillermo Toledo y Roberto Álamo están acompañados en la interpretación por el director de la obra, Andrés Lima, que representa el papel de “acotador” y que se constituye no sólo en el hilo conductor de la historia, sino que también es quien construye (con la colaboración imprescindible de nuestra imaginación) los tiempos, el marco de la historia, los decorados, vestuarios… Interesantísima figura (ellos han dicho en algún sitio que es una versión rediviva del clásico cuentacuentos) que lleva en ocasiones a ver a la figura del acotador-narrador en el centro del escenario, llenándolo con su presencia y dirigiendo inadvertidamente la acción que trascurre a su alrededor.
Los actores, repito, están inmensos: no sólo son capaces de dar verosimilitud a una historia con un ritmo y estructura muchas veces cinematográficos, no sólo hacen que nos olvidemos en todo momento de la desnudez del escenario, sino que además son capaces de soportar con veracidad un texto arriesgado, en el que pese a la gravedad del tema que se aborda, no hay condenas de antemano, sino preguntas. Muchas preguntas, obstinadas y certeras, que son (mucho más que lo hubiera sido cualquier soflama) lo que acaba acongojando y apretando un nudo en nuestras gargantas.

¿De verdad le puede interesar Internet a todo el mundo?

MegaboxDesde que se comenzara a popularizar Internet hace diez o doce años han sido muchas las interpretaciones que se han ido sucediendo sobre el impacto de la interred mundial tanto en la organización como en la vida cotidiana en nuestras sociedades. Pasó de ser una herramienta en manos de investigadores y universitarios a ser el emblema de un cambio tecnologico-empresarial sin precedentes; protagonizó uno de los más sonados blufs bursátiles de la historia, que le convirtió, de ser un signo de distinción, innovación y vanguardia, en poco menos que un sector apestado.
Internet ha sido también para muchos un nido de pedófilos, la sucia cloaca donde se organizan las redes terroristas, un océano sin ley que surcan a sus anchas piratas saqueadores de propiedad intelectual, estafadores burdos y refinados, malvados hackers alevosos, el sitio donde está el origen de todas y cada una de las facetas del mal.

Se incidió mucho, sobre todo en la época del boom, en que la velocidad de penetración de Internet en nuestras sociedades era muchísimo más rápida de lo que había sido la introducción de otras tecnologías hoy ubicuas, como la radio o la televisión. En cambio, ha tenido menos eco otro tipo de reflexiones que incidían más en la naturaleza de Internet que en sus supuestos vicios o virtudes.
Y es que Internet NO ES un medio de comunicación. No puede compararse sin más con la prensa, la radio o la televisión. Hay medios de comunicación que basan su actividad en Internet, y la historia de la comunicación está viviendo un antes y un después de la aparición de la interred. Pero Internet es lo que es: una enorme red de ordenadores interconectados entre sí. Internet no es un navegador (aunque sea Firefox), ni un cliente de correo (aunque sea Gmail),ni Emule o Bittorrent, ni las redes sociales, ni los blogs, ni el chat, ni el Messenger (o Jabber, para los iniciados), ni telnet, ni FTP, ni… no es nada de eso, sino el conjunto de todas y cada una de las posibles aplicaciones que permite esta enorme red de ordenadores interconectada mediante un mismo protocolo.
Y esta naturaleza de Internet hay que tenerla en cuenta para comprender, por ejemplo, el gap o brecha tecnológica que cada vez más se aprecia en la sociedad, la división profunda y creciente que pese a todos los esfuerzos se abre entre la gente conectada (On) y desconectada (Off). Y es que la radio y la televisión nacieron para ser masivas, son los terminales nerviosos de un sistema centralizado y jerárquico. Internet en cambio surgió como herramienta de trabajo de un sector minoritario y ultraespecializado de la sociedad: los investigadores universitarios.

Escritorio

Luego todo eso ha ido cambiando, claro. Cada vez más profesiones han ido viendo cómo los ordenadores ocupaban el lugar central de su actividad. Sobre todo las de cuello blanco, claro. La organización de la pantalla de trabajo de la inmensa mayoría de los ordenadores (el desktop) es una representación simbólica del escritorio de un oficinista. Y no toda la sociedad, ni mucho menos, gira en torno a un ordenador de sobremesa o un portátil.
Se me dirá que la red de ordenadores es sólo el comienzo, pero que cada vez más evolucionamos hacia una Internet que es como el torrente sanguíneo, que alimenta hasta la última célula social. Esta Internet ubicua está no sólo en las redes de ordenadores a través de cable y fibra óptica, sino en las redes de telefonía móvil, las comunicaciones por satélite, el WIFI e incluso la red eléctrica, con capacidad para llegar a todos y cada uno de los dispositivos y electrodomésticos que regulan la vida cotidiana de nuestra civilización tecnológica.
Y bueno, puede que sea así, o que acabe siendo. Pero la verdad es que hoy por hoy hay enormes masas de población ajenas por completo a Internet. En el mundo, el 85% de la población no tiene acceso a Internet (en África sube a un espeluznante 98,5% de población excluida). Es verdad que en Norteamérica, donde todo comenzó, sólo se queda fuera de la interred el 32,6% de la gente, pero es que en Europa la cifra es del 64,5%. Y en España… el 66,4% de los españoles no tiene Internet. Así que hablar de una Internet ubicua… no sé, creo que las cifras dan para reflexionar.
En cambio, el hecho de que Internet no sea un medio de comunicación (o no solamente), el hecho de que no sirva para la difusión masiva y jerarquizada de contenidos no sólo no es malo, sino que probablemente sea su gran virtud. Esto pone patas arriba (creo que de forma muy saludable) conceptos que estaban muy arraigados en nuestra sociedad, como el concepto de propiedad (y muy especialmente el de propiedad intelectual), el concepto de autor-emisor-receptor, el concepto de público… Todos los roles comunicacionales, en suma, se relativizan, se hacen fluidos, líquidos, y uno puede ser receptor y autor a la vez, creador y plagiario, innovador y conservador de la cultura. Desde un ordenador (conectado).

Acceso

La gran pregunta es, entonces, cómo hacer que esas virtudes de esta nueva faceta de la realidad humana (porque eso Internet) no queden fuera del alcance de la mayor parte de la población que no usa ordenadores ni ningún otro tipo de dispositivos tecnológicos conectados. Cómo pueden acceder a este enorme repositorio de saber, de cultura, de entretenimiento, de ideas… esa es la cuestión que probablemente decidirá el rumbo más o menos próximo de nuestra sociedad.
Frente a la idea de la ubicuidad, del “always on”, y no de forma excluyente, circula también una idea que abanderó, si no me equivoco, el propio Bill Gates. La idea era conseguir que Internet desbancara a la televisión como el centro neurálgico de nuestros hogares. El “Home Media Center”. Gracias a las conexiones de banda ancha, todo en nuestros hogares giraría en torno a Internet, que nos suministraría, adaptado a nuestros gustos y necesidades, todo el entretenimiento, las comunicaciones y los contenidos que pudiésemos soñar.
Pero claro, eso de momento se ha quedado en mera visión acaramelado-futurista. Sin embargo, sin necesidad de ser tan pretenciosos, sí que hay iniciativas que intentan acercar las ventajas de un mundo conectado a esas amplísimas capas de población que ni tienen ni a lo mejor quieren tener Internet. Por ejemplo, en la última edición de SIMO se presentó un electrodoméstico (sí, así se anunciaba), el Megabox, que proporciona navegación por Internet, sintonizador de televisión, vídeo reproductor y vídeo grabadora, equipo de música, videojuegos e incluso conexión directa de cámaras fotográficas. Es un electrodoméstico que funciona, que se maneja con un mando a distancia, y que además fabrica una empresa española (Logo Electronics), una iniciativa de unos jóvenes alaveses que ha sido la que me indujo toda esta serie de reflexiones.

Megabox

He podido intercambiar impresiones hace poco con uno de sus promotores, Carlos González, y me ha sorprendido lo claro que tiene que el futuro pasa no sólo por conseguir llevar las ventajas de Internet incluso a las capas más refractarias a las tecnologías, sino también que esto pasa no sólo por ofrecer una alternativa tecnológica (como puede ser perfectamente su Megabox), sino por articular una alternativa a los medios tradicionales que gire en torno a la calidad y la cantidad de los contenidos. Quién sabe. a lo mejor lleva razón. A lo mejor la Internet del futuro se maneja no a golpe de ratón, sino de mando a distancia.

¿Compartimos las búsquedas en Internet?

eureksterEstoy probando ahora un buscador que me parece que merece la pena tener en cuenta: eurekster. Llevaban ya algún tiempo funcionando en fase beta, pero el servicio ha madurado y yo creo que ha llegado el momento de explorar sus posibilidades.
La verdad es que tengo la misma impresión que tuve en 1999, cuando probé Google por primera vez: creo que esto puede ser importante. Y es que cambia el concepto de búsqueda, porque los resultados se van refinando en función de las preferencias de las “redes de contacto”. Esto ya dio mucho que hablar hace algo más de un año, cuando se comenzó a hablar del servicio, porque podía suponer una vulneración de la intimidad.

Pero creo que no hay que temerlo. Primero, porque para que eurekster almacene las búsquedas, uno tiene previamente que haber ingresado su usuario y segundo porque se puede seleccionar la opción de no almacenar una búsqueda concreta.
Superado este temor, yo creo que todo pueden ser ventajas. Al menos potencialmente, todos podemos beneficiarnos de los hábitos de búsqueda de los otros miembros de la misma red, incluso podemos llegar a conocernos mejor (de una forma insospechada, quién sabe) y, cómo no, cotillear impunemente. 🙂

PD: Si estás interesado/a en compartir las búsquedas conmigo y con eurekster, escríbeme un email y te remitiré el enlace para poder hacerlo.