2666: allí estaba la inmensidad

2666Bueno, yo ya sé que estás muy ocupado estos días, no te apures, que yo te sigo dando el coñazo como si tal cosa.

Te explico. Desde que nos conocemos (si exceptuamos el breve periodo en que coincidimos en casa de José Antonio Crespo, cuando su padre nos contaba historias fabulosas sobre cuerpos de cadáveres que permanecían incorruptos merced a no sé qué extraordinarias propiedades químicas de un determinado cerro de Jerez, de donde eran ellos originarios, y sobre la posibilidad asombrosa de que unos espermatozoides descuidadamente vertidos en una piscina nadasen heroicamente hasta una mujer que se bañase en esa misma piscina, sobreviviendo al agua dulce y al cloro, superando todos los escollos -incluido el bañador de la susodicha- e incluso consiguiendo, finalmente, dejarla embarazada) siempre nos ha unido de alguna forma la reverencia que le tributamos a algunos grandes, maravillosos, inconmensurables libros.

No es cuestión de hacer inventario, pero creo que está claro de qué libros hablo. Por ejemplo, “Cien Años de Soledad”. No recuerdo quién lo leyó primero, ni creo que eso importe. Lo que nunca desaparecerá será la sensación de haber topado con algo enorme, inabarcable, fascinante, que nos arrastraba además hacia un mundo que no era el nuestro pero que, por otra parte, era nuestro único mundo posible: la literatura.

Luego (o quizá antes) llegó Borges. Creo que “El Aleph” fue su avanzadilla, pero igualmente no importa. Elegante, cínico, sabio. Las palabras no eran sólo palabras porque las palabras estaban preñadas. Realmente, era como deglutir una delicada fruta que, al primer mordisco, explotaba en mil y un sabores deliciosos, cada uno de ellos el más delicioso a su manera pero ninguno de ellos más delicioso que el conjunto…

También de aquella época conservo algunas manías, quizá supersticiones. Es insensato pensar, por supuesto, que los libros lo buscan a uno. Pero debo confesarte que yo así lo pienso (o no lo pienso, pero de alguna extraña manera estoy íntimamente convencido de que así es). Cómo ha llegado a substanciarse esta superstición no lo tengo claro. Creo que confluyen varios factores. En primer lugar, aunque quizá no sea lo más importante, está mi rechazo visceral a la crítica literaria. Sabes bien que nunca he sido lector de reseñas, y mucho menos de suplementos literarios, porque de alguna manera los identifico como la función castradora de la oficialidad. Sé que no es así, aunque no me falte parte de razón, y que bien utilizada, la crítica, las reseñas e incluso los suplementos literarios pueden servir de guía y agarradero entre la inmanejable riada editorial. Pero yo, quizá de forma absurda, quizá no, siempre he renunciado (a veces con orgullo) a seguir los caminos que me dejaban surcados.

Luego, está la casualidad. Para que la casualidad exista, hace falta que se cumplan dos requisitos: 1) la infinitud de los elementos que entran en juego y 2) la absoluta igualdad de oportunidades entre cada uno de esos elementos. Como no sé si esos requisitos se dieron, o se dan, o puedan darse alguna vez, no puedo estar seguro de que lo que pasó, o lo que pasa, o lo que vaya a pasar, sea fruto de la casualidad. Pero me gusta pensar que así pudo ser. Lo que quiero decir es que de forma casual, o de forma al menos no premeditada, irrumpieron en mi vida libros de esos que te hablo, inmensos y desaforados, libros que compartimos y que creo que siempre compartiremos con independencia de que tú o yo los frecuentemos más o menos en un momento determinado, con independencia de que a veces hagamos como que los olvidamos, o de que los recuperemos y ensalcemos de nuevo: indefectiblemente siempre están ahí. Como no leo crítica, como no tengo entre mis mayores (obreros, como los tuyos) gente que orientarme pudiera, como de ninguna manera pude asesorarme, para mí está claro que fue casualidad toparme con “Rayuela”.

Lo cierto es que sí recuerdo cómo fue mi encuentro con “Rayuela”. Aunque quizá me lo he inventado, claro, porque la memoria nos miente tanto cuanto necesitamos. Pero, tal y como lo recuerdo, fue en la biblioteca municipal, en la calle La Mina. Hubo una época en que yo la frecuenté, porque naturalmente mi ansiedad lectora estaba muy por
encima de la raquítica (obrera) biblioteca familiar. Yo paseaba por los estantes y recorría con mi mirada los lomos de los libros. De vez en cuando, respondiendo no sé muy bien a qué impulso, cogía un libro entre mis manos y lo inspeccionaba. Notaba su peso en mis manos. Miraba la portada, la contraportada. A veces leía las solapas. En contados casos, los hojeaba. Oía el sonido de las hojas al pasar. Olía la tinta, olía el papel, y olía la tinta sobre el papel.

“Rayuela” no fue el caso. No tuve nada que sopesar. Desde que entreví su lomo, voluminoso, supe que el libro se venía conmigo. Lo robé. Sé que no está bien robar en una biblioteca, pero lo robé. Luego robé más libros, entre ellos otra vez “Rayuela”, una edición mejor, en El Corte Inglés. Lo cierto es que este libro grueso y extraño me atrapó. Me atrapó La Maga, me atrapó un París que yo ni conocía ni había entrevisto hasta entonces, me atrapó el jazz -que yo nunca había escuchado-, me atrapó, paradójicamente, la libertad que entre sus páginas se respiraba. Y la melancolía, y la tristeza difusa, esos piolines que tan bien cuadraban con mi adolescencia. Por aquella época, lo recuerdo, subíamos acompasadamente las cuestas de Alcalá y nos pisábamos los pensamientos.

Pero, por supuesto, también hubo sus desencuentros. Fue más tarde, cuando yo vivía ya en Madrid. El escenario, de nuevo, una biblioteca, la biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Información. Yo subí a la planta de arriba porque en la planta de arriba estaba una chica que me gustaba y que además me invitaba a comer y me compadecía y me
mimaba, una chica guapa y extraña que tocaba la guitarra y leía el “Libro Verde” de Gadaffi, que no creía en el amor pero lo daba ¡y cómo! Yo subí a la planta de arriba pero no quise quedarme allí mirándola, como si nada. Así que, preso de la costumbre, recorrí de nuevo los estantes con la mirada. Ya por aquél entonces me aburrían los lomos de los libros, incluso antes de que me aburriesen los libros mismos. Pero esa vez, de nuevo, la casualidad. Allí estaba “La Historia Exagerada de Martín Romaña”. ¿Me llamó la atención que el protagonista fuese mi tocayo? No lo sé. No recuerdo eso. Recuerdo el libro pegado a mi mano, recuerdo que se vino conmigo también. No, esa vez no lo robé.

Fueron días gozosos, una primavera desaforada en Madrid, y un libro (el único libro) que me ha hecho retorcerme literalmente de risa, que me ha hecho revolcar por el suelo, patalear, gritar, carcajear… Pero, eso sí, este libro no fue para ti. No recuerdo cuándo te lo recomendé, pero sí recuerdo que me dijiste que no te había gustado. En realidad me dijiste que no te lo habías podido leer, que allí estaba sobre la mesita de noche de tu dormitorio, pero como si nada. No sé si alguna vez te volví a preguntar por él, pero creo que no. Ese día me di cuenta de que los grandes libros no son siempre grandes, o no lo son para todo el mundo, o igual es que somos nosotros los que tenemos que hacerlos grandes. O no lo sé.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Tú has escrito varios libros maravillosos. Yo no. Tú habrás leído muchos libros maravillosos. Yo también. Pero no tantos. La verdad es que ha pasado mucho, mucho tiempo, y mi voracidad lectora ha tenido que aprender a sobrevivir en un paisaje árido y arenoso, con muy pero que muy poca agua (a veces un pequeño lago infecto, de vez en cuando una raquítica escorrentía…), donde toda grandeza, salvo la del horizonte vacío, estaba ausente. Nada de obras monumentales: ni un rincón ameno. Eso sí, como hay que adaptarse a cualquier medio ambiente o morir, esa necesidad de leer adoptó sus estrategias de supervivencia, y encontró el alimento necesario para seguir adelante en el desierto: algún ensayo que otro que espaciadamente, como los cactus, aparecían providenciales en la llanura desértica. También llevaba, como una cantimplora, la dosis necesaria de poesía. Poca cosa, lo justo para no fenecer. De vez en cuando una novela conseguía llamar mi atención. Poca cosa. Pasaba sin
dejar huella. Definitivamente poca cosa.

Pero hete aquí que, de repente, es como si todo hubiera cambiado. No en vano me acuerdo justo ahora de aquellos días, de aquellos libros. Y es que de repente me he topado, casualmente de nuevo, con la inmensidad.

Y yo no la buscaba. Todo pasó hace unos días, una tarde en que había quedado con una amiga en el centro de Madrid. Con ella, que es jefa de informática de una gran empresa, comparto el gusto por el código bien hecho pero, sobre todo, la convicción de que no hay que hacer preguntas que no sean estrictamente necesarias. Pero yo había llegado demasiado pronto a la cita (ya no calculo bien los trayectos en metro), y por mucho que no hubiera nada que explicar, me sentía incómodo ante una larga espera. Así que me colé en la Fnac, y paseé de nuevo la vista por entre los lomos de los libros. No buscaba nada en especial, salvo dejar pasa el tiempo. Pero, de nuevo, como si efectivamente los libros me buscasen a mi, se vino hacia mi mano un ejemplar, realmente voluminoso, realmente desconocido: 2666, de Roberto Bolaño.

El libro se vino conmigo. Esta vez lo pagué. Sobre Roberto Bolaño no tenía ni pajolera idea (ya sabes, no leo reseñas ni suplementos literarios, qué le vamos a hacer), tan sólo lo que decía en la solapa: nacido en Chile, muerto con apenas 50 años, autor de varias meritorias novelas (de las cuales ninguna ni remotamente me sonaba), ganador de tal y cual premio… En fin, lo normal. En cambio, todo fue comenzar a leerlo y… allí estaba la inmensidad.

Mi amiga llegó puntual, es decir, un poquito más tarde de lo acordado, como siempre. Estaba maravillosa, sonriente. Pasé una tarde muy feliz. Pero no te voy a ocultar que en cuanto se fue (y esto nunca se lo podré confesar a ella) me lancé en picado a la lectura. He estado en trance estos días, las noches prácticamente sin dormir, hasta que he terminado sus más de 1.000 páginas. Ahora, tras un breve respiro, lo volveré a leer. Para mí, de verdad, no hay palabras, tan sólo el recuerdo de aquellos días, de aquellos libros, de que tú estabas allí. Y estoy seguro de que también estarás aquí.

Un abrazo, amigo.

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